Estados Unidos cumple este 4 de julio 250 años desde que el Segundo Congreso Continental proclamó su independencia de la corona británica en Filadelfia. Es la celebración más grande organizada hasta ahora para una efeméride nacional: desfiles de veleros históricos en Nueva York, un concierto central en Los Ángeles con capacidad para 50,000 personas, actividades en los 50 estados bajo el programa America’s Block Party y una cápsula del tiempo que será enterrada en Filadelfia. El país, además, es sede del Mundial de fútbol de 2026, lo que convierte a este verano en un escaparate global sin precedentes para Washington.
Pero detrás del despliegue patriótico hay una nación que llega a su cuarto de milenio profundamente fracturada. Según reportes de Associated Press recogidos por la prensa regional, las festividades encuentran a un país dividido entre quienes respaldan al presidente Donald Trump y quienes cuestionan su liderazgo, en momentos en que el propio concepto de patriotismo significa cosas distintas según el sector político. La organización bipartidista America250, creada por el Congreso en 2016 para coordinar el aniversario de manera neutral, terminó compartiendo protagonismo con Freedom 250, una iniciativa paralela impulsada por la administración Trump que ha dado un tono más personalista a buena parte de los actos oficiales. Varios artistas que iban a participar en los eventos inaugurales se retiraron al considerar que la celebración se estaba politizando en exceso.
Esa tensión no es anecdótica: refleja un debate más amplio sobre qué versión de la historia estadounidense merece contarse en el año del aniversario. Sectores cercanos al Gobierno defienden que se trata de exaltar la unidad, la libertad y los valores fundacionales del país. Sus críticos —historiadores, demócratas y organizaciones civiles— sostienen que la administración ha intentado suavizar o eliminar referencias incómodas del pasado, como la esclavitud, en monedas, placas y exhibiciones oficiales. Ambas posturas coexisten en un país donde la confianza institucional, la polarización mediática y las diferencias regionales han ido erosionando el terreno común sobre el que se apoya cualquier relato compartido de nación.
La celebración del aniversario de independencia incluye actividades en los 50 estados bajo el programa “America’s Block Party”.
Un futuro bajo presión
El aniversario llega, además, en medio de una recomposición del orden comercial y político hemisférico impulsada por Washington. Los aranceles recíprocos anunciados en 2025 —que gravaron con un mínimo de 10 % las importaciones de decenas de países, incluidos casi todos los socios comerciales de Estados Unidos en América Latina— alteraron acuerdos que llevaban décadas vigentes, como el DR-Cafta. Académicos citados por medios regionales advierten que esta política unilateral ha puesto en cuestionamiento el respeto de Washington a sus propios tratados comerciales, generando fricciones con gobiernos que hasta hace poco eran aliados estables.
A esto se suma el retiro estadounidense de decenas de organismos multilaterales, un giro que analistas describen como parte de una lógica de mayor control hemisférico frente a un mundo cada vez más multipolar.
RD, entre el arancel y el vínculo humano
Para la República Dominicana, ese nuevo escenario tiene consecuencias muy concretas. Estados Unidos es, por mucho, su principal socio comercial: más de la mitad de las exportaciones dominicanas tienen ese destino. El arancel del 10 % impuesto en 2025 representó, según estimaciones de economistas locales, un golpe cercano a los 700 millones de dólares, con mayor impacto en las zonas francas y el empleo industrial. El Gobierno dominicano optó por la vía diplomática antes que por represalias comerciales, mientras el sector exportador busca diversificar mercados.
En paralelo, la República Dominicana firmó este año un acuerdo migratorio con Washington —dentro del “Escudo de las Américas”— que permite el ingreso temporal de extranjeros deportados de terceros países en tránsito hacia sus naciones de origen, una medida que generó dudas sobre su alcance y falta de transparencia en el debate público dominicano. Permitió, además, aviones norteamericanos en aeropuertos locales que tenían como objetivo Venezuela bajo el pretexto de combate al narcotráfico.
Pero el vínculo entre ambos países no se mide solo en aranceles y acuerdos migratorios: se mide, sobre todo, en personas. Más de dos millones de dominicanos viven en Estados Unidos, la comunidad más grande de la diáspora criolla, concentrada en Nueva York, Nueva Jersey, Massachusetts y Florida. Esa diáspora envió más de 11,800 millones de dólares en remesas durante 2025, una cifra récord que sostiene a cientos de miles de hogares dominicanos y representa más del 10 % del PIB del país. Cada dólar que cruza el Caribe desde una nómina estadounidense se traduce en alimentos, estudios, vivienda y pequeños negocios en la isla.
Así, mientras Washington despliega fuegos artificiales y discute qué historia contar sobre sí mismo, miles de dominicanos —muchos de ellos indocumentados, otros ya ciudadanos— siguen sosteniendo con su trabajo un puente económico y familiar que, a diferencia de los tratados, no depende de ninguna firma presidencial.
Fuente: www.diariolibre.com






