Para Juan Capellano, la llegada de un aguacero no es una invitación a tomar una taza de café para disfrutar del clima. Es motivo de temor.
Lleva más de 30 años residiendo al lado de la cañada de Los Platanitos, en Santo Domingo Norte, donde cada vez que las aguas amenazan el sector debe poner a salvo sus pertenencias para evitar que se dañen.
Narra que vivir junto a la cañada implica convivir diariamente con los malos olores y mantenerse en constante alerta durante las lluvias, debido al riesgo de inundaciones que pueden afectar su hogar y todos los bienes que tiene dentro.
«Cuando llueve, subimos los trastes y esperamos a que pase el agua. Uno no tiene a dónde ir«, explicó a reporteros de Diario Libre.
Durante los seis meses de temporada ciclónica, que comenzaron el primero de junio y se extienden hasta el 30 de noviembre, crece el temor.
Venas de la ciudad
El Gran Santo Domingo cuenta con una extensa red de cañadas que atraviesa barrios y comunidades densamente pobladas. Estos afluentes forman parte del sistema natural de drenaje urbano y son fundamentales para conducir las aguas pluviales hacia los principales ríos de la ciudad.
No obstante, el crecimiento urbano desordenado, la ocupación de sus márgenes y la acumulación de residuos sólidos han reducido su capacidad de drenaje, aumentando el riesgo de inundaciones, la contaminación ambiental y los problemas de salud en las comunidades cercanas.
La escena se repite en decenas de hogares construidos a pocos metros de cañadas. Allí, el agua no se mide con la precisión de los radares, sino por la cantidad y el tiempo que tarda en retirarse.
A pocos kilómetros de Capellano, en el sector Los Ríos, del Distrito Nacional, José Grullón, ciudadano pensionado que lleva 38 años viviendo junto a una cañada, relata que tanto él como su familia se han visto afectados en numerosas ocasiones por las inundaciones que se producen cuando llueve con cierto nivel de intensidad.
Según explica, el agua ha llegado a inundar casi por completo el primer nivel de su vivienda, provocando pérdidas materiales e incluso daños a su vehículo.
«La última vez permanecimos más de cuatro horas en el segundo nivel de la casa esperando que bajara el agua. Mi vehículo resultó dañado y también una pared del patio», expresó Grullón.
De igual modo, señaló que las autoridades habían informado sobre el traslado de una parte de las personas que residen cerca de la cañada como medida para reducir los riesgos de inundación. Sin embargo, aseguró que los comunitarios del lugar continúan a la espera de que ese proyecto se materialice.
Misma realidad distinto lugar
En el parque Las Lilas, ubicado en el sector Los Tres Brazos, Maura Novas, residente de una vivienda de madera construida junto a una cañada, señaló que enfrenta la misma problemática. Cada vez que llueve con intensidad debe elevar sus utensilios y pertenencias para evitar que el agua los dañe cuando se inunda su hogar.
«Hubo un día en que la casa estaba llena de agua y yo me quedé ahí esperando a que pasara para poder limpiar«, relató Novas.
Asimismo, el problema de los malos olores fue una de las principales quejas expresadas por los comunitarios. Según explicaron, esta situación se debe a la gran cantidad de desechos que las personas arrojan a la cañada, la cual desemboca directamente en el río Ozama.
Los residentes consideran que esta práctica agrava la contaminación y deteriora las condiciones de vida en la comunidad.
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A pesar del peligro que representa vivir a orillas de estas cañadas, los residentes permanecen en esos lugares. Para muchos, abandonar sus viviendas no es una opción, ya que durante años han invertido tiempo, esfuerzo y dinero en mejorar sus propiedades.
Otros, en cambio, afirman que la falta de recursos les impide mudarse a un lugar más seguro, por lo que continúan conviviendo con los riesgos que acompañan a la salud durante cada temporada de lluvias.
Fuente: www.diariolibre.com













