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En Asturias un restaurante cobra un euro por cada táper para llevar. El problema es que la ley le da la razón

En Asturias un restaurante cobra un euro por cada táper para llevar. El problema es que la ley le da la razón

Comer hasta “fartar” pero nada para llevar. Esto lo aprendí en Callezuela, un pueblo de apenas 89 habitantes con un bar que era la Meca para los amantes de los platos de cuchara: “Hoy tenemos lo de todos los días». Y eso eran seis platos fijos, tres postres, café y chupitos, además de un excelente pan. Así, desde 1981. ¿Me sobró comida? Sí, pero hice el esfuerzo, porque no me dejaron sacar nada.. Entonces aprendí otra cosa, lo que es “tar fartucu como un gochu”.

Ahora vamos a otro lugar. Oriente de Asturias, agosto de 2026. Un comensal saciado aparta su plato. La ración, salvajemente generosa, lo derrota. Pide un recipiente para llevar las sobras a casa. El camarero asiente. Sin embargo, impone un recargo: un euro extra por el plástico. El cliente, indignado, se niega en rotundo. Pagar por llevarse su propia comida le parece un asalto. El dueño exige el cobro y bloquea la salida.

La tensión devora el ambiente del comedor. El cliente amenaza con llamar a la Guardia Civil y es el propio hostelero quien le indica: «No se preocupe, que a la Guardia Civil la voy a llamar yo si no abona la cuenta». Y llama al 062, mientras el cliente pide el libro de reclamaciones. Minutos después, una patrulla de la Guardia Civil frena en seco frente al local. Dos agentes entran al restaurante para mediar en una disputa de cien céntimos, porque le obligan al cliente a pagar. Así arranca la brutal guerra del táper en Asturias.

Qué dice la ley. Desde el pasado 3 de abril entró en vigor en España la nueva ley de prevención de las pérdidas y el desperdicio alimentario, a la cual se suma el otro Reglamento Europeo de Envases, que entró en vigor justo ayer y afecta fundamentalmente a materiales con PFAS, las sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas. Medidas que desde Greenpeace consideran insuficientes porque “la tasa real de reciclaje de envases de plástico en España está por debajo del 30%”, y donde habría que poner el foco es en la producción de los mismos.

El artículo 8 de la Ley 1/2025 dice así: “Los agentes de la cadena alimentaria que sean empresas de la hostelería […] tendrán la obligación de facilitar al consumidor que pueda llevarse, sin coste adicional alguno distinto, en su caso, del mencionado en el párrafo siguiente, los alimentos que no haya consumido». ¿Gratis? Esperad, que hay más.

El texto continúa: «Para ello se emplearán envases aptos para el uso alimentario, reutilizables, o fácilmente reciclables. Para los envases o recipientes alimentarios de plástico de un solo uso deberán tenerse en cuenta las disposiciones previstas en el título V de la Ley 7/2022, de 8 de abril, en especial las relativas a la necesidad de reducir su consumo de cara a cumplir los objetivos del artículo 55.1 de dicha ley y a la obligación de su cobro […]». ¿Entonces? A pagar.

Asturias y sus raciones. En el kilómetro 9,9 de la sinuosa carretera AS-17, la vía que une Avilés con Riaño, resiste el mítico Asador Los Manjares. Camioneros y motoristas peregrinan allí para enfrentarse a sus carnes al carbón. Nueve platos y, si sales con hambre, te vas sin pagar. Si eres un púgil débil, ¿y qué destino le aguarda a esas formidables sobras? El alimento de las mascotas y, luego, la basura.

Para entender la escala del exceso, debemos viajar al interior de la región. En el concejo de Amieva, el Ayuntamiento rinde un culto casi extremo al cerdo. Organizan unas Jornadas Gastronómicas de la Matanza que aterrorizan a los cardiólogos. Famoso es el reto de los nueve platos consecutivos. Toma nota: sopa de hígado, pote de berzas, boroña preñada, manos de cerdo, callos, lengua estofada, boronzu fritu, picadillo y lomo. Todo esto rematado con postres caseros y regado con botellas de Rioja por apenas 27 euros para los adultos. 

Una cuestión ética. España trituraba millones de toneladas de alimentos útiles cada año, si bien el desperdicio alimentario se ha ido reduciendo año tras año. En el año 2020, en España se desperdiciaron casi 1.400 millones de kilos de alimentos y bebidas. En 2024, 1.125,23 millones. Esto equivale a casi 25 kg por persona y año. Un desperdicio que nos cuesta 250 millones de euros.

Para combatirlo, el Gobierno aprobó en abril de 2025 la Ley 1/2025. El Boletín Oficial del Estado sentenció un nuevo orden para toda la cadena alimentaria, fijando una jerarquía de prioridades ineludible. Por supuesto, restaurantes, bares, cafeterías y hoteles quedaron constreñidos bajo esta red legal. Pero así al menos se evitaba la vergüenza del doggy bag: quien quisiera podía llevarse las sobras. De hecho, sé de no pocos restaurantes que lo impulsan, ofreciéndolo proactivamente.

¿Es legal cobrar por tupper en un restaurante? Esto dice el reglamento: primero, la hostelería asume la obligación imperativa de ofrecer al cliente la posibilidad de llevarse los alimentos no consumidos. Segundo, el local debe proporcionar siempre un envase apto para dicho fin. Tercero, este envase debe dispensarse de forma totalmente gratuita. Pero ahí está la clave: La ley no permite cobrar por envases compostables, pero sí por recipientes de plástico, gravados con impuestos diferentes.

El régimen sancionador detallado por el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación fulmina cualquier duda. Si un restaurante niega el envase o intenta colar un euro de propina forzada, se expone a multas feroces. Las infracciones leves generan apercibimientos formales y sanciones directas de hasta 2.000 euros. Si el empresario reincide en un plazo de dos años, la falta escala a la categoría de muy grave. Aquí el castigo económico marea: la multa oscila entre los 60.001 y los 500.000 euros.

La maraña fiscal. La Ley de Residuos estableció un impuesto directo al plástico de un solo uso. Concretamente, 0,45 céntimos por cada kilo fabricado. Muchos empresarios creyeron que este gravamen verde les otorgaba el derecho a repercutir el coste del táper en el ticket del consumidor, si bien la ley antibasura protege ciegamente la gratuidad del recipiente de sobras. El restaurante asume el gasto del envase casi siempre y ha de incluirlo en su margen operativo o bien migrar hacia alternativas orgánicas. Cartón, caña de azúcar o bambú esquivan esa tasa.

La generosidad en el plato es algo tatuado en el ADN de Gijón, Avilés, Llanes o Tineo. Pides unas fabes y te ponen el perol para repetir. Pides un café y te llevan la pota recién salida del fuego. Servir poca cantidad denota escasez y racanería, pero la hostelería local se readapta a la fuerza y los clientes somos parte activa de este contrato.

Por un lado, por el consumo responsable: no pidas más de lo que te vayas a comer. Por otro, las buenas prácticas: los precios de la carta deben ser precios finales (aunque el IVA aparezca aparte, desglosado). Y esto implica notificar por costos extra como servir en terraza, o si hay un “impuesto verde” por el uso de envases desechables. Si el cliente se topa con cargos de última hora, está en su derecho reclamarlos por falta de información a una de las partes.

Fuente: www.xataka.com

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