InicioActualidadLa odisea de los dominicano en destacamentos en barrios

La odisea de los dominicano en destacamentos en barrios

Eran las 9:00 de la mañana, los perros estaban echados en la entrada del destacamento. No parecía importarles quién entraba ni quién salía. Antes de cruzar la puerta ya se escuchaban las voces de los policías, quienes hablaban entre ellos en un tono distendido sobre sus vidas, hasta que la llegada de un ciudadano cambió por unos segundos la conversación.

Saludos, vine a poner una denuncia —dijo un hombre. —Buenas, saludos —respondieron tres agentes que permanecían sentados en el área de espera para los ciudadanos, ¿Qué le pasó? La pregunta dio paso a otro de los trámites que forman parte de la cotidianidad de estas estaciones cargadas de inconvenientes.

Un recorrido de Diario Libre por varias estaciones policiales encontró rutinas hechas entre documentos, teléfonos, quejas y apresamientos que ocurren mientras los oficiales esperan instrucciones y otros problemas tan básicos como que se vaya la luz o falle el internet.

Era 19 de agosto, en el destacamento de Capotillo, un ciudadano había llegado para reportar la pérdida de su carnet y otros documentos. No pudo hacerlo. “No hay luz”—dijeron los policías. La electricidad se había interrumpido en parte del perímetro y una brigada trabajaba afuera.

La solución fue enviarlo a la unidad policial del Ensanche Luperón. Para quien está detrás de un escritorio, puede ser una interrupción del servicio, mientras aquellos que acaban de caminar hasta una estación policial para poner una denuncia, significa otra cosa: tener que volver a salir a la calle y buscar otro lugar donde comenzar de nuevo el trámite.

La escena se repitió en el recinto de Las Lilas, en Santo Domingo Este. Esta vez no había apagón, sino otra dificultad. “No hay internet”—dijo una oficial al denunciante al indicarle que debía acudir a la dependencia central ubicada en Los Tres Brazos para formalizar el proceso.

Mientras le explicaban el procedimiento, un hombre permanecía sentado mirando su teléfono, acompañado de una mujer, otros agentes ocupaban sus puestos y en el lugar se escuchaba el zumbido de un abanico y las conversaciones de quienes trabajaban.

La agente está de licencia

Un hombre llegó al destacamento Felicidad, en Los Mina, Santo Domingo Este, después de recorrer otras estaciones en busca de reportar la pérdida de su teléfono.

Según relató a este medio, primero acudió a la estación de Cirilo de Mota de la calle Pablo Neruda, donde le explicaron que debía trasladarse a Felicidad porque la persona encargada de recibir ese tipo de denuncias estaba de licencia médica y no habían designado ningún personal.

Periodistas acudieron al recinto y encontraron una escena similar a la que él había descrito. Una oficial, sentada detrás de su escritorio, revisaba documentos mientras un libro permanecía abierto frente a ella.

Al ser consultada sobre las denuncias por pérdida de teléfonos, explicó que no podría realizarse de manera presencial porque el personal de ese procedimiento estaba enfermo y no se asignó a nadie.

Mientras tanto, el movimiento dentro de la unidad no se detenía. “¿A ese motor le dieron entrada?”—preguntó un joven. Su motocicleta, decía, había sido llevada hasta allí sin motivo. La oficial revisó el reporte y respondió con el rostro serio; “Ese vehículo no tenía placa

El hombre comenzó a sulfurarse. Tomó la hoja entre las manos, la apretó y salió del área de atención. La oficial lo siguió con la mirada y, casi en un susurro dejó escapar que “Siempre el policía es el malo; los malos siempre somos nosotros y no ellos cometiendo infracciones y vienen armar bocas”.

El calor dentro del destacamento aumentó cuando se fue la electricidad. La agente se levantó de su asiento, incómoda, y se quejó. No pasó mucho tiempo antes de que regresara la luz y la actividad continuara como si nada.

«Tiene que esperar al jefe«

Un ciudadano esperaba por una motocicleta retenida en Los Mina. Había acudido al destacamento para intentar recuperarla, pero la respuesta fue que debía regresar cuando estuviera presente el comandante previsto para el fin de semana. La razón estaba escrita en el reporte

“Yo no lo puedo despachar, usted dice aquí en el reporte que le dijo una mala palabra al agente”, explicó uno de los policías mientras verificaba el documento. El hombre negó haberlo hecho y señaló que fue a su hermano que le quitaron el motor y resaltó que nunca se ofendió al uniformado. 

Pero la respuesta no cambió. Mientras el documento llevara la observación de “OJO”, debía esperar al oficial que pudiera autorizar la salida del vehículo. “Tiene que estar el jefe para que lo suelten”, dijo un policía

El ciudadano salió del recinto cargado de furia y se quedó en las afueras, a la espera del comandante que, según le habían informado, no llegaría hasta el fin de semana. Desde adentro, otro agente resumió su molestia con quienes llegaban a reclamar por no respetar a la Policía, y ‘’se ponen de frescos’’.

En medio de ese ir y venir, los teléfonos permanecían en las manos de los agentes. Algunos escribían mensajes, otro sostenía un folder. Una oficial revisaba un libro y anotaba datos. Afuera, las motocicletas se acumulaban en el área destinada a los vehículos fiscalizados.

“Hay que mover esos vehículos, viene la magistrada”, el comentario activó el movimiento. Entre los motores retenidos, los papeles sobre los escritorios y las personas que esperaban una respuesta, el destacamento seguía funcionando a su propio ritmo.

Fuente: www.diariolibre.com

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