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Fray Tormenta: el sacerdote luchador que inspiró películas de Hollywood y cambió cientos de vidas


El P. Sergio Gutiérrez Benítez con su máscara de Fray Tormenta. / Crédito: EWTN Noticias

Unas veces con el alba y la casulla, otras arriba de un ring de lucha libre: así transcurrió la vida del sacerdote mexicano Sergio Gutiérrez Benítez, más conocido como “Fray Tormenta”, un hombre que celebraba Misa por el día y por las noches se ponía una máscara para luchar por los más pobres.

Con el propósito de mantener su orfanato y dar hogar a decenas de niños, el P. Sergio decidió ingresar al mundo de la lucha libre, un deporte que combina el espectáculo y está profundamente arraigado en la cultura popular mexicana.

En los 23 años que duró su carrera como luchador profesional, convirtió el dolor de los golpes que recibía en pan para sus muchachos.

El nombre de Fray Tormenta resuena en las arenas, desde México a Japón. Sin embargo, su historia alcanzó la fama mundial gracias a películas que se inspiraron en él. Quizás la más famosa de ellas sea Nacho Libre (2006), protagonizada por Jack Black.

Aunque el sacerdote siempre ha sido rápido para aclarar, con humor, que esa no se trata de su biografía, porque “yo nunca anduve detrás de una monja”.

A sus 80 años, Fray Tormenta libra hoy una batalla distinta. Vive con uno de los jóvenes a quien ayudó, celebra misas ocasionalmente y, sin recursos económicos que lo sostengan y con una ceguera que avanza, además de las enfermedades propias de la edad, se mantiene vendiendo mercancía alusiva a las luchas.

Una vida marcada por la violencia

Nació en 1945, en una localidad del estado de Hidalgo, aunque creció en la Ciudad de México, en la colonia Tres Estrellas, muy cerca de la Basílica de Santa María de Guadalupe. Era, según cuenta a ACI Prensa, un barrio “del patín, del trompón”, es decir, un lugar donde la violencia se respiraba a diario.

Ahí se juntó con “chavos banda” que lo introdujeron en el mundo de las drogas. Esa adicción, confiesa con tristeza, lo llevó a delinquir, e incluso fue arrestado por un crimen de homicidio hasta que logró demostrar su inocencia.

Al llegar a la mayoría de edad, quiso dejar esa vida. Buscó, sin éxito, ayuda en una iglesia, y eso lo llevó a plantearse la vocación sacerdotal. “Yo dije entre mí: ‘si hubiera sacerdotes chidos (buenos), buena onda, ¿cuántos no cambiaríamos?’”.

Cuenta que encontró apoyo espiritual en un religioso de la orden de los mercedarios, quien se encargó de llevarlo a una clínica de desintoxicación y luego lo ayudó a entrar a la Orden de los Clérigos Pobres Regulares de la Madre de Dios de las Escuelas Pías, conocidos como los Escolapios, donde cursó el noviciado alrededor de 1962.

Antes de profesar los votos de pobreza, castidad y obediencia, su formador pidió a los novicios que compartieran su historia de vida. El P. Sergio recuerda que sintió miedo de que descubrieran quién era realmente, al grado de pensar en huir. Entonces su formador le dijo que no debía de temer porque “precisamente de estos necesita la Iglesia”.

Mientras era diácono en el puerto de Veracruz, donde daba clases y colaboraba en una parroquia. Recuerda que al principio los jóvenes le decían: “a los curas no los queremos aquí”. Pero con el tiempo se ganó su amistad. En ese momento no lo sabía, pero se fue enterando “poco a poquito, que estaba entre drogadictos, prostitutas y delincuentes”. Fue allí mismo, en la parroquia de la Sagrada Familia, donde fue ordenado sacerdote el 26 de mayo de 1973.

Parroquia Sagrada Familia en donde fue ordenado el Padre Sergio. Crédito: Parroquia Sagrada Familia Veracruz
Parroquia Sagrada Familia en donde fue ordenado el Padre Sergio. Crédito: Parroquia Sagrada Familia Veracruz

Así empezó su ministerio, marcado por la ayuda a jóvenes —a quienes llamaba con afecto “cachorros”—, muchachos que lo acompañaban a todos lados a los que iba. Fue tanta su conexión con ellos que, incluso cuando lo trasladaban a otras parroquias, lo seguían y él se encargaba de buscarles casas temporales.

Contó que por sugerencia de un superior escolapio, alrededor de 1976 decidió dejar la orden y buscar a un obispo que lo aceptara “con todos mis chamacos (como se les conoce a los niños en México)”.

Así llegó al Estado de México, a la Diócesis de Texcoco, donde fue recibido por Mons. Magín C. Torreblanca Reyes, quien le dio una capilla y la oportunidad de comenzar el sueño de construir una casa hogar, que inició con 15 jóvenes. “Lo máximo que llegué a tener viviendo conmigo fueron 350”, indicó.

Del altar al ring: el inicio de Fray Tormenta

Sin dinero para construir su orfanato, recordó una vieja inspiración: la película El Señor Tormenta (1962), donde un sacerdote se convierte en luchador enmascarado. Su sueño original era boxear, hacer un par de peleas, ganar 2 millones de dólares y con eso construir la casa hogar. Pero no encontró quién le pudiera enseñar. Conoció así a José Ramírez “El líder”, un luchador aficionado que le enseñó a hacer movimientos básicos.

Para iniciar su carrera luchística tomó el nombre del personaje que lo inspiró. “El Señor Tormenta era señor, yo soy fraile, entonces me puse Fray Tormenta”, recuerda. Luego fue con Ranulfo López, uno de los maestros mascareros más importantes del medio, quien le ayudó a diseñar su máscara.

Máscara de Fray Tormenta y su variable. Crédito: Fray Tormenta Original
Máscara de Fray Tormenta y su variable. Crédito: Fray Tormenta Original

“El amarillo significa la viveza que debería de tener Tormenta arriba de un ring, el rojo significaba la sangre que es capaz de derramarla por su casa hogar y [al centro de la máscara] el diamante para poder conseguir la vida eterna”, recordó.

Así comenzó su historia en el cuadrilátero en 1977. En su primera pelea ganó apenas un par de pesos, pero no dudó en entregar el dinero íntegramente para levantar los cimientos de la Casa Hogar de los Cachorros de Fray Tormenta.

De las modestas arenas de barrio fue escalando hasta los escenarios más profesionales. Su nombre empezó a correr de boca en boca, aunque su carrera no despegó hasta que en 1983 el luchador “Huracán Ramírez” reveló su verdadera identidad, reservada durante seis años.

Pósteres de Fray Tormenta. Crédito: EWTN Noticias
Pósteres de Fray Tormenta. Crédito: EWTN Noticias

Según cuenta el P. Sergio, en una ocasión “Huracán” le pidió pelear, pero él se negó porque tenía que oficiar una boda. Ante la incredulidad del luchador, se presentó el día de la celebración religiosa sin máscara entre los asistentes.

“Me guiñó un ojo, yo también. Terminó la Misa de la boda, voy a la sacristía, y ahí estaba. Me dijo: ‘¡Tú sí eres cura y estos desgraciados [los luchadores], cómo te pegan!’”.

Huracán develó que quien estaba detrás de una máscara era un modesto sacerdote. Desde entonces, todos querían ver a quien, además de predicar homilías, soltaba golpes en el ring. Su fama creció y con ella también su apostolado en el mundo de la Lucha Libre”. Comencé a bautizar a sus hijos [de los luchadores], comencé a confesarlos, primeras comuniones”, recordó.

“Salía yo de una lucha y hasta los mismos luchadores me decían: ‘¿no me quiere dar la bendición, Padre?, ¿dónde puedo verlo porque me quiero confesar?’”, agregó.

Aunque arriba del ring “no tenían consideración [con él], porque como yo estaba ya entre las estrellas, modestia aparte, pues todo el mundo quería ganarle a Fray Tormenta”, abajo del cuadrilátero “jamás me faltaron al respeto”.

Un legado que trasciende vidas

“Dios me ayudó mucho”, aseguró. Aunque dijo no comprender cómo logró equilibrar su vida entre las luchas, la casa hogar y el sacerdocio, todo se lo agradece a la Divina Providencia.

“Era muy difícil para mí, porque, por ejemplo, yo terminaba de luchar a las 10, 11 de la noche y me regresaba de donde estaba manejando. Ya llegaba yo en la mañana a celebrar [Misa] el lunes, por decirte algo”. Con una sonrisa aseguró que “nadie te puede decir que no hubo Misa por irme a luchar”.

Entre los muchos niños que ayudó surgió Tormenta Jr., quien llegó al orfanato cuando tenía apenas 12 años, proveniente de un pequeño pueblo del estado de Nayarit. En entrevista con ACI Prensa recordó que eran cerca de 50 niños. “Nos dormíamos de tres, cuatro, cinco por cuarto, o a veces en el piso”.

Él también quiso dedicarse a la lucha libre, y por ello, además de un mentor se ganó un buen amigo que se acompañan desde entonces, ya que viven juntos. “Como está ya grande y tiene una edad avanzada, pues no hay quien lo cuide más que yo”.

Actualmente ambos se sostienen vendiendo productos oficiales de Fray Tormenta como llaveros, máscaras y otros productos a participantes en eventos de lucha.

Asegura que siente una gran responsabilidad “ya que al tener este nombre y que tenga un padrino, un mentor muy famoso como es el Fray Tormenta que es conocido mundialmente, pues es una gran responsabilidad”.

De aquella casa hogar —que luego tuvo que vender para pagar los estudios universitarios de sus “cachorros”— salieron tres médicos, dieciséis maestros, un contador público-auditor, un contador privado, veinte técnicos en computación, trece abogados y un sacerdote. Además, apadrinó a varios jóvenes luchadores que siguieron su ejemplo.

Uno de ellos, es Fuerza Divina. Aunque él no vivió en el orfanato se inspiró en su ejemplo y en la actualidad combina el ministerio sacerdotal con la lucha libre. En el atrio de su parroquia en la Ciudad de México instaló un pequeño ring donde los jóvenes entrenan y, al mismo tiempo, reciben formación espiritual.

Ring de luchas en el atrio de una parroquia en Ciudad de México. Crédito: EWTN Noticias
Ring de luchas en el atrio de una parroquia en Ciudad de México. Crédito: EWTN Noticias

Compartió con ACI Prensa que utiliza ese cuadrilátero “no sólo para darles propiamente [clases de] lucha, sino también [para darles] un mensaje de valores, un mensaje de evangelización”.

“Gracias a eso muchos están acercándose a la parroquia. Muchos de ellos están dejando cosas negativas. Muchos de ellos están portándose mejor, tanto con sus familias como en su persona humana”, aseguró el Padre Fuerza Divina.

La historia de Fray Tormenta ha inspirado películas, vocaciones y cientos de vidas. Hoy, a sus 80 años, el viejo luchador vive con austeridad, pero con el corazón lleno. “Luchaba con un solo objetivo: que todo lo que yo ganaba era para la casa hogar (…) Nunca me llegaron los 2 millones de dólares, pero sí te quiero decir que estoy orgulloso”.

Y si tuviera que elegir entre el ring y el altar, lo tiene claro: “nunca hubiera existido Fray Tormenta si no fuera sacerdote”.

Fuente: www.aciprensa.com

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