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Llevamos siglos intentando optimizar la refrigeración. Mi abuelo toledano solucionaba el calor con el invento más sencillo: pue…

Llevamos siglos intentando optimizar la refrigeración. Mi abuelo toledano solucionaba el calor con el invento más sencillo: puerta partida en dos

Se me queda mirando y me dice: “puertas partidas”. En su casa de campo, la puerta de mi abuelo se abre por la mitad: hoja de abajo, hoja de arriba, cada una con su bisagra. Cada vez que lo veo pienso en pelis de vaqueros, en el logo de saloon de algún western de sobremesa. Yo imaginaba: “claro, para el gato”. Nada que ver.

Clase de historia. La idea de la puerta partida no es solo manchega ni toledana, es el mismo principio de las Dutch doors o stable doors de hace cuatro siglos. Según la propia definición, las primeras dutch doors datan de mediados del siglo XVII, en torno al periodo 1640‑1650. A partir de aquí se convirtieron en una solución práctica en granjas y casas rurales de los Países Bajos y Reino Unido, con el fin de dejar entrar el aire y la luz mientras se mantenían fuera animales, polvo y parte del frío.

La propia cronología se puede localizar en pinturas holandesas de la época, como la ‘Young Woman at a Dutch Door’, de 1645 y atribuida a Samuel van Hoogstraten, pintor del taller de Rembrandt. Su uso se popularizó en la era colonial estadounidense y su fama decreció hacia el final del siglo XVIII, a favor de puertas más robustas, seguras y de una única hoja.

Un túnel de frío y limpieza. Por aquel entonces no existía la palabra climatización pero sí existía una preocupación por la higiene: cuando abres solo la mitad superior, la puerta funciona como una ventana grande, liberando la polución del humo al cocinar, el cual, al ser menos denso, se acumula siempre arriba. Y así se creaba una pequeña corriente de renovación con la hoja inferior cerrada. 

Si la casa tenía otra abertura en la fachada opuesta, el efecto se amplificaba: se genera una ventilación cruzada que mete aire más fresco por un lado mientras el aire caliente sale por el otro. Una fórmula sencilla pero muy eficaz si se activa a primera hora de la mañana o al caer la tarde, cuando se pone el sol.

¿Y en invierno? Pues la misma puerta permite lo inverso: abrir solo la parte inferior unos minutos para ventilar sin que se fugue toda la bolsa de aire caliente pegada al techo, reduciendo pérdidas térmicas en casas sin aislamiento moderno y donde el calor se producía a base de braseros, glorias (bajo el suelo) o chimeneas bajas.

En invierno abres la parte de abajo para ventilar sin perder el abrigo que se queda atrapado arriba. En verano, todo lo contrario: abres la parte de arriba para que el aire caliente salga mientras la planta baja sigue en penumbra. Si enciendes fuego en la cocina, basta abrir arriba para que el humo salga por convección natural —efecto chimenea puro y duro— mientras la hoja inferior sigue haciendo de barrera contra el frío que llega del exterior, habitualmente el corral o el huerto.

Paredes gordas, veranos lentos. La puerta partida funciona porque trabaja en tándem con otra tecnología ancestral: los muros gordos. Tan gordos que no dejan pasar bien las ondas de radio electromagnéticas que hacen funcionar el WiFi. En la arquitectura tradicional de la Meseta no es raro encontrar cerramientos de más de cincuenta centímetros de espesor, cámaras hechas de piedra, tapial o ladrillo macizo, con una inercia térmica similar a la de una cueva.

La física detrás no podría ser más simple: cuanto más masa tiene el muro, más tiempo necesita el calor exterior para atravesarlo. Entretanto, el interior se mantiene relativamente fresco, como ocurre en cualquier iglesia donde el sol tarda horas en dejarse notar o a veces ni eso. El mismo muro, el invierno absorbe parte del calor de braseros y estufas y lo libera lentamente cuando cae la noche, reduciendo las oscilaciones térmicas en viviendas sin radiadores. Lo que hoy llamamos “gestión pasiva del confort”, es esto mismo. Y sin sensores ni apps de IoT. Los abuelos se las saben todas. 

Silos: frescos pero secos. La tercera lección nos la enseñan silos y graneros tradicionales. Para almacenar grano hay que propiciar un microclima seco y frío, con el fin de frenar hongos, bacterias e insectos que puedan pudrir el grano. Cuando el grano está húmedo, la masa respira, genera calor y crea bolsas donde la temperatura sube y la humedad se condensa; si no hay ventilación, la pila se convierte en un caldo de cultivo que puede arruinar toneladas de cosecha.

La solución es tan sencilla como crear rampas de aireación en la base y esclusas —ventanas pequeñas— por las paredes que permitan al aire recorrer el granel, igualando temperaturas y sacando vapor hacia arriba. Es el efecto chimenea pero al contrario: si dejas abiertas las bocas de ventilación, el aire caliente exterior entra por estos conductos, sube por la masa de grano y la calienta desde dentro, obligando a sellar bien las aperturas una vez que el cereal está seco y frío.

Ciencia doméstica, con c de convección. Todo este repertorio de puertas partidas, muros gruesos y silos con ojos funciona porque aprovecha tres ideas básicas de la física de fluidos: el aire caliente sube, el aire frío baja, y el aire se mueve desde zonas de mayor presión hacia zonas de menor presión. Fin. La ventilación cruzada —es decir, abrir aberturas opuestas para que el aire cruce la vivienda— se apoya en las diferencias de presión entre fachadas y en la orientación del viento, mientras que el efecto chimenea utiliza corredores verticales (patios, escaleras, huecos de puerta) para que el aire caliente ascienda y succione aire más fresco desde abajo.

En investigaciones sobre casas-patio tradicionales se ha medido cómo dos patios con temperaturas distintas activan una corriente de convección que mantiene las estancias principales dentro de rangos confortables, sin una sola máquina de aire acondicionado. Todas y cada una de las estrategias de ventilación pasiva implican cierta refrigeración, porque “la convección ayuda a disipar el calor acumulado en el interior siempre que las aberturas y los volúmenes estén bien pensados”.

Al final, la puerta partida de mi abuelo no hackeaba nada, simplemente estaba bien puesta. Hace doscientos años no había ingenieros del INTA en San Pablo de los Montes ni en Quintanar de la Orden, pero sí gente con calor que quería tener el menor sofoco posible. Carpintería, albañilería, piedra y oído fino. En plena ola de calor, quizá la puerta partida de su casa parezca menos pintoresca. Al fin y al cabo, esta interfaz térmica estaba muy bien diseñada. Es solo que no la vi venir.

Imágenes | Flickr (Tom Gotzy)

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Llevamos siglos intentando optimizar la refrigeración. Mi abuelo toledano solucionaba el calor con el invento más sencillo: puerta partida en dos

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por

Isra Fdez

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Fuente: www.xataka.com

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