
El arzobispo Gustavo García-Siller muestra su carta pastoral «Iremos a ustedes», publicada durante una Misa en la Catedral de San Fernando en San Antonio, Texas (Estados Unidos), el 3 de agosto de 2026. | Crédito: Arquidiócesis de San Antonio.
En respuesta al aumento de las medidas de control migratorio en todo el país, dos obispos católicos de Estados Unidos publicaron nuevas declaraciones en las que afirman la dignidad humana de los inmigrantes como hijos de Dios y piden una reforma migratoria.
Ambos prelados señalaron que los estadounidenses deberían comprender por qué las personas huyen de sus países de origen en busca de una vida mejor, al tiempo que reconocieron el derecho de la nación a hacer cumplir sus leyes migratorias. Sin embargo, los dos enfatizaron que la situación actual es injusta e inmoral, y que debe corregirse.
El 3 de agosto, centenario de la elevación de San Antonio a arquidiócesis metropolitana, el arzobispo Gustavo García-Siller publicó una carta pastoral en la que expresó la solidaridad de la Iglesia con los migrantes y pidió “un discernimiento moral cuidadoso y bien formado de toda conciencia católica” como respuesta.
Entretanto, el 1 de agosto, el obispo Robert Gruss, de la Diócesis de Saginaw, Michigan, publicó una declaración en la que recordó a los fieles la “dignidad humana inherente” de toda persona.
Mons. Gruss dijo que el “desafío” que enfrenta actualmente Estados Unidos, país que a lo largo de su historia “ha acogido constantemente a inmigrantes, refugiados, exiliados y perseguidos procedentes de otras tierras”, consiste en determinar “cómo afrontar una situación en la que una administración permitió que personas y familias migraran […] libremente, y la siguiente administración quiere expulsarlas”.
El obispo escribió que resulta comprensible expulsar a los “inmigrantes que han causado daño a la sociedad mediante su participación en actividades delictivas”, pero preguntó si es “justo expulsar a quienes contribuyen y han contribuido positivamente a la sociedad, a menudo durante muchos años”.
Afirmó que una “sociedad justa y civilizada” no permitiría la deportación ni la detención de personas “sin causa”, “sin una representación legal efectiva, sin acceso a la familia o a una comunidad que las apoye, y sin que se atiendan sus necesidades humanas básicas”.
Exhortó a los fieles a “promover cambios en las políticas públicas que garanticen los derechos civiles de todos los inmigrantes” y a impulsar “políticas humanitarias de control fronterizo” que, al mismo tiempo, salvaguarden la seguridad nacional y protejan la “seguridad y la dignidad” de quienes llegan al país para trabajar.
“Iremos a ustedes”
Mons. García-Siller promulgó su carta, titulada Iremos a ustedes: Unidos en solidaridad con nuestros hermanos y hermanas migrantes, durante una Misa celebrada en la Catedral de San Fernando, en el centro de San Antonio.
“Vivimos en un mundo en guerra”, comienza la carta. “En todos los continentes mueren personas cada día. Al otro lado de las fronteras, los sobrevivientes se ven obligados a migrar. No se marchan porque así lo elijan, sino a causa de la violencia, el hambre, el miedo y la opresión”.
En la carta de 56 páginas, compuesta por cinco secciones y concluida con una oración a Nuestra Señora de Guadalupe, Mons. García-Siller dijo que rezó “durante mucho tiempo” antes de escribirla, pues quería hacerlo desde “el lugar adecuado: el del acompañamiento y la solidaridad”.
Señaló que la carta aborda un momento “sin precedentes” en el país y escribió que “una convergencia de tácticas estructurales y jurídicas […] exige un discernimiento moral cuidadoso y bien formado de toda conciencia católica”.
“Escribo para consolar a los afligidos, sacudir a quienes viven cómodamente y enfrentar la injusticia con la plena convicción del Evangelio”.
A continuación, citó su experiencia personal de “años caminando junto a” los migrantes, muchos de los cuales viven con tanto miedo que rara vez salen de sus hogares, así como su propia historia como migrante.
El arzobispo escribió que ha presenciado cómo “el miedo ha echado raíces” en toda la arquidiócesis. Afirmó que él y otros pastores “rezan con padres que abrazan a sus hijos cada mañana sin saber si estarán en casa por la noche”, y describió a padres que evitan llevar a sus hijos al médico o ir a trabajar “porque cada kilómetro implica un riesgo”.
“La comunidad carga con esta cruz y la Iglesia no puede guardar silencio”, escribió, al describir la disminución de la asistencia a Misa y el deterioro de la salud física de quienes sufren el miedo relacionado con la inmigración.
“El pueblo no ha perdido la fe”, escribió. “Sin embargo, muchos han perdido la sensación de seguridad y pertenencia”.
La Iglesia debe “defender la dignidad de quienes han quedado atrapados en la maquinaria de expulsión”, enfatizó.
Mons. García-Siller describió sus visitas a tres centros de detención de la zona, entre ellos el Centro Residencial Familiar del Sur de Texas, en Dilley, el mayor centro de detención familiar del país, y afirmó haber presenciado “de primera mano violaciones de la dignidad humana dentro de sus muros”.
A continuación, citó al obispo Steven Biegler, de la Diócesis de Cheyenne, Wyoming, quien escribió en una carta pastoral publicada en abril que “la actual campaña de detenciones y deportaciones masivas es inmoral”.
Mons. García-Siller acusó a empresas privadas de lucrar con el procesamiento y el traslado de grandes cantidades de inmigrantes detenidos de un lugar a otro.
También citó una investigación del senador estadounidense John Ossoff, demócrata por Georgia, que documentó más de 1.000 “denuncias creíbles de abusos contra los derechos humanos desde enero de 2025”, entre ellos “negligencia médica, privación de alimentos y agua, hacinamiento, privación del sueño y separación de madres lactantes de sus bebés”, además de abusos similares en centros administrados por empresas privadas.
Mons. García-Siller calificó de “engañosa” la narrativa pública según la cual sólo se está expulsando a delincuentes, y escribió que “el 73 % de las personas detenidas por motivos migratorios no tiene condenas penales y sólo el 5 % ha sido condenado por un delito violento”.
Describió cómo sacerdotes, diáconos, ministros extraordinarios y catequistas capacitados están desarrollando “ministerios activos de acompañamiento” en la arquidiócesis: visitan a los migrantes en sus hogares, les llevan los sacramentos, medicamentos y otros suministros, y también acuden a los centros de detención.
“Si algún integrante de su familia ha sido detenido, dígannoslo. Iremos hasta donde esté. El Cuerpo de Cristo no abandona a sus miembros encadenados”, declaró Mons. García-Siller.
El arzobispo lamentó además que recorrer las vías legales existentes tome años, un tiempo que las familias que buscan seguridad y estabilidad no pueden permitirse esperar. Pidió vías legales más accesibles y afirmó que los migrantes recurrirían a ellas si estuvieran disponibles. Su “contribución al bien común de nuestra nación” así lo exige, escribió.
Al final de la carta, Mons. García-Siller encomendó la situación a Nuestra Señora de Guadalupe, quien también cruzó fronteras culturales y raciales y recorrió con la Sagrada Familia el camino del exilio: “Mucho antes de ser la Reina de México […] fue una madre que cruzó una frontera. Ella conoce este camino; lo recorrió con sus propios pies”.
Artículo publicado originalmente en EWTN News. Traducido y adaptado por el equipo de ACI Prensa.
Fuente: www.aciprensa.com






