Toda comenzó cuando un pequeño experimento de Harvard dejó una pista inquietante: jóvenes que habían sufrido maltrato infantil reaccionaban menos ante la expectativa de una recompensa, incluso cuando la mayoría no tenía entonces ningún trastorno psicológico. Diecisiete años de investigaciones han ido reforzando aquella conexión entre adversidad temprana, alteraciones del sistema cerebral de recompensa y anhedonia (la pérdida de motivación o de capacidad para sentir placer), hasta llegar a un nuevo estudio que introduce una pieza inesperada en el mecanismo: el hipocampo, la región de la memoria.
La primera pista. Hace casi dos décadas, en 2009, científicos de Harvard utilizaron resonancia magnética funcional para observar qué ocurría en el cerebro de jóvenes mientras participaban en un juego en el que podían obtener recompensas económicas. Aquellos que habían sufrido adversidad durante la infancia mostraban una respuesta más débil ante las señales que anunciaban una recompensa en regiones de los ganglios basales relacionadas con la motivación y las acciones dirigidas a objetivos.
Además, consideraban esas señales menos positivas que el grupo de control. La mayoría no padecía entonces ningún trastorno psicológico, lo que llevó a los investigadores a plantear una posibilidad distinta a la explicación tradicional del trauma: además de aumentar la sensibilidad al estrés y las emociones negativas, la adversidad infantil podía reducir la capacidad del cerebro para responder ante las experiencias positivas.
Y llegó la anhedonia. Durante la década siguiente, diferentes investigaciones fueron reforzando aquella hipótesis. Un seguimiento de 673 adolescentes durante seis años encontró que la negligencia emocional infantil predecía niveles más elevados y una evolución diferente de la anhedonia, mientras otros trabajos observaron una menor respuesta de los circuitos de recompensa en personas expuestas a adversidad temprana.
En 2020, un estudio publicado en Human Brain Mapping dio otro paso importante: las personas con trauma infantil moderado o grave presentaban más anhedonia incluso independientemente de que padecieran depresión, y mostraban una conectividad reducida entre regiones fundamentales del sistema cerebral de recompensa, como el núcleo accumbens y la corteza orbitofrontal. La pérdida de placer empezaba así a dejar de verse únicamente como un síntoma secundario de la depresión para convertirse en uno de los posibles mecanismos que conectaban las experiencias infantiles con problemas posteriores.
6.801 personas demostraron que no es aislado. Sí, la acumulación de trabajos permitió realizar un metaanálisis de 27 estudios y 6.801 participantes para comprobar si realmente existía un patrón. El resultado encontró una asociación pequeña pero consistente entre la adversidad durante la infancia y alteraciones en el procesamiento de recompensas, especialmente en la capacidad para aprender de ellas.
Investigaciones posteriores han seguido encontrando relaciones entre diferentes formas de abuso o negligencia, anhedonia y síntomas posteriores de depresión o estrés postraumático. El panorama que ha ido surgiendo es complejo: no existe una consecuencia inevitable del trauma, pero los sistemas cerebrales relacionados con la recompensa, la motivación y la dopamina parecen constituir una de las vías por las que las experiencias tempranas pueden dejar efectos duraderos.

Una pieza inesperada. Así llegamos al trabajo que se acaba de publicar en JNeurosci por un equipo dirigido por Kathleen O’Brien, de Temple University, y Vishnu Murty, de la Universidad de Oregón, que ha desplazado la atención hacia el hipocampo. Los investigadores estudiaron una amplia cohorte mediante cuestionarios sobre trauma infantil y capacidad para experimentar placer y utilizaron resonancia magnética funcional para analizar cómo se comunicaba el hipocampo con regiones relacionadas con la motivación.
¿Qué encontraron? Descubrieron que las personas que habían sufrido trauma infantil y además presentaban alteraciones en esas conexiones experimentaban mayor anhedonia que quienes también habían sufrido trauma pero conservaban intactas esas vías. El resultado es importante porque sugiere que no basta con conocer la experiencia traumática: determinadas características de los circuitos cerebrales podrían ayudar a explicar por qué sus consecuencias son muy diferentes de una persona a otra.
El hipocampo no “vive” solo de recuerdos. La novedad está precisamente en la región implicada. El hipocampo se ha estudiado tradicionalmente por su papel fundamental en la memoria, pero mantiene conexiones con áreas que permiten utilizar experiencias anteriores para anticipar recompensas y decidir qué merece la pena perseguir. Murty, de hecho, considera que este es uno de los primeros trabajos en humanos que relaciona directamente la integridad de esos circuitos hipocampales con comportamientos apáticos, abriendo una posible conexión entre memoria y anhedonia que el equipo quiere seguir investigando.
Hay que aclarar que los resultados no demuestran que el trauma infantil provoque inevitablemente esos cambios ni que alterar el hipocampo pueda recuperar la capacidad de sentir placer, pero sí completan una historia que comenzó en 2009: la ciencia empezó observando que algunas personas que habían sufrido adversidad respondían menos ante las recompensas y, 17 años después, han identificado qué conexiones del cerebro podrían explicar por qué.
Imagen | Petapixel, Tadeusz Pruszkowski
Fuente: www.xataka.com






