Melilla, 1994. Nadie lo sabía, pero la ciudad estaba a punto de vivir un hecho histórico: por primera vez desde que podemos medirlo, un municipio español se disponía a pasar toda la noche por encima de los 30 grados.
Desde entonces, solo un puñado de estaciones han vuelto a sufrir una noche así. Y las hemos tratado como ‘brotes’, como ‘focos puntuales’, como ‘estallidos localizados’. El fenómeno era tan poco habitual que hace unos días, AEMET recordaba que «todavía no hay un nombre universalmente aceptado para las noches como estas».
Pero eso va a cambiar. Ha cambiado, de hecho. En Valencia, del miércoles al jueves, los brotes han empezado a reivindicar el nombre de epidemia.
Decenas de miles de personas ahogándose por el calor. Valencia marcó, con 30,9 ºC, la mínima más alta desde 1869. Castellón se quedó en 29,5 ºC, pero también es la mínima diaria más alta desde 1911. A las 12 de la noche, localidades como Denia o Rafol de Almunia estaban a 39 grados y más de 90 municipios pasaban de 35
El 77% de la red de estaciones de AVAMET no bajó de 25 grados en toda la noche. Y hasta 40 municipios se quedaron por encima de los 30 grados.
¿Y por qué está pasando esto? El motivo es un fenómeno relativamente normal: el viento de poniente. Normalmente, las noches cálidas en el mediterráneo son provocadas por una temperatura alta y una humedad imposible: el sudor se convierte en una manta húmeda que no hay forma de retirar.
Pero lo de esta noche ha sido otra cosa: una ‘ponentà’. Es decir, el viento del oeste que, en virtud del efecto foehn, se calienta y seca. En este caso, el viento no solo era cálido, sino que entraba con tal fuerza que impedía que la brisa marina pudiera internarse en tierra.
Por eso, la Generalitat declaró preemergencia 3 por riesgo extremo de incendio y cerró los parques naturales. La Comunidad Valenciana se había convertido en una cerilla.
Aunque, en realidad, da igual el mecanismo. Porque lo cierto es que la meteorología española está descubriendo formas muy creativas para hacer insoportables las noches de verano. Si el primero es este que ha afectado a Valencia, el segundo es lo que podríamos denominar bochorno subtropical. El 24 de julio, Valencia tuvo 27,5 de mínima y una humedad del 90%.
Pero hay otra forma más. El 16 de julio, El Toyo, en Almería, marcó 43,3 grados a las 2:55 de la madrugadn ese caso fue un reventón térmico. Un fenómeno convectivo que provoca una subida rápida de temperatura, pero que (¡por suerte!) no dura toda la noche.
Y lo peor es que la situación no para de empeorar. El problema de fondo no es que Junio y julio fueron el bimestre más cálido de la serie española; el problema es que al menos 24 estaciones principales batieron su récord de mínima ya en junio.
La tendencia es cristalina: Santa Cruz de Tenerife ha pasado de 68 noches tropicales en 1950 a 158 en 2025. Almería, de 41 en 1968 a 114. Barcelona-Aeropuerto, de 19 de media entre 1950 y 1980 a 80 en la última década. La serie centenaria de Madrid-Retiro acumula dos grados más y un 520,6 % más de noches tropicales desde 1894.
¿Y ahora qué? Esa es la gran pregunta. Como es lógico, aún no tenemos ningún estudio de atribución que nos diga que la polentà histórica de anoche se debe al cambio climático, pero lo habrá. Basta con recordar que el análisis de World Weather Attribution sobre la ola europea de finales de junio la calificó de «virtualmente imposible» en el clima de 1976 y más de cien veces menos probable de noche que en 2003.
Es decir, que AEMET debería empezar a darse prisa y buscar una forma de hablar de estas noche que están a punto de convertirse en nuestra nueva normalidad.
Imagen | AVAMET
Fuente: www.xataka.com






