
Juan Carlos Pallarols. Crédito: Julieta Villar/EWTN
Un bandoneón suena en la vereda y las notas de un inconfundible tango se cuelan por las ventanas del primer piso para darnos la bienvenida al icónico barrio de San Telmo, símbolo de la cultura porteña y balcón hacia la historia argentina.
Testigo privilegiado de esa historia y rostro de su cultura, sentado en su despacho y custodiado por una imagen de San Eloy —patrono de los plateros—, el maestro orfebre Juan Carlos Pallarols cincela el bajo pie del cáliz que está preparando para obsequiarle al Papa León XIV.
Su propia obra lo circunda, brillante, desde las vitrinas: en más de 60 años de trayectoria, sus manos crearon bastones presidenciales, cálices papales, trofeos, galardones, insignias patrias, y hasta un sable corvo idéntico al del General San Martín.
Desde allí, se dispone a abrir el cofre de oro y plata que es su memoria, para compartir con ACI Prensa su verdadero tesoro: una historia de familia, tradición, mucho trabajo, y la fe que lo acompaña desde niño.
Quienes aún no lo conocen pueden pensar que el maestro Pallarols comenzó a trabajar en el cáliz y la patena a propósito de la visita apostólica que el Papa León XIV hará a Argentina entre el 8 y el 11 de noviembre.
Los cálices papales: una larga tradición
“Yo siempre que muere un Papa y aparece otro nuevo Papa, con el humo blanco, empiezo a hacer un cáliz, y después se lo dono al Papa, se lo dono al Vaticano”, aclara, tradición que comenzó con Pío XII y llega con León a su octavo pontífice.
Sus palabras son confirmadas por una fotografía que reposa en uno de los escritorios, en la que se puede ver al Papa Benedicto XVI contemplando con admiración su cáliz, ante las miradas del mismo Juan Carlos Pallarols y de un Arzobispo de Buenos Aires llamado Jorge Bergoglio.
Cada trabajo es distinto y está movido por “la devoción que tengo en ese momento”, asegura. En esta oportunidad, la patena tiene grabado el escudo pontificio de León XIV, y el cáliz lleva en su bajo pie las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. “Creo que es algo que en este momento haría falta tener. Más fe, más esperanza y ser más caritativos”.

Otra de las particularidades es que —como muchos de sus trabajos— se trata de una tarea colectiva: cada persona que visita su taller es invitada a dar unos golpecitos al cincel para colaborar en la obra. Luego, pueden dejar un mensaje en un libro que será entregado al pontífice, y ya cuenta con miles de firmas.
Todo es para Dios
Aunque estos objetos sagrados no fueron ideados con motivo de la visita de León XIV a Argentina sino como parte de una tradición mucho más extensa, Juan Carlos guarda una esperanza: “Me gustaría que lo use” en su paso por el país, reconoce. Sin embargo, considera necesaria una aclaración: “Realmente para mí, el placer inmenso es que lo va a usar Dios para meterse adentro. Más allá del obispo, del cardenal, del Papa”.
“Todo lo que hago, lo hago siempre para Dios. Él es el que lo va a recibir y el que me lo va a reconocer ahora o dentro de un siglo. Los demás somos tristes administradores de los bienes de la Iglesia. Yo, que los regalo, y otro que los recibe”.
La huella Pallarols en la Basílica de la Sagrada Familia
A lo largo de su vida, su vínculo con la fe católica ha encontrado diversas maneras de manifestarse. Una de ellas, claro está, es a través del trabajo de orfebrería. Pero también vienen a su memoria los años en qué vivió en conventos franciscanos, y los trabajos realizados por distintas generaciones de Pallarols en la construcción de la Basílica de la Sagrada Familia, en Barcelona (España).
De origen catalán, la familia Pallarols lleva más de dos siglos y medio en la orfebrería. El abuelo de Juan Carlos llegó a trabajar para Antoni Gaudí, arquitecto de la basílica, hoy camino a los altares, y luego su padre, sus primos e incluso él, viajaron a Barcelona para dejar su marca en una de las construcciones católicas más visitadas del mundo.
El arte es una forma de llegar a Dios, asegura Pallarols, aunque reconoce que no es el único: “Todos, todos son caminos para llegar a Dios. Lo mío es más directo, porque el cáliz, una vez que yo lo entregue, tardarán 24 horas, 36 o un mes… Pero va a haber una consagración y va a estar Dios donde yo hice el cáliz”.
“Yo me nutrí de la religión católica. Yo no inventé nada. Todo lo que hago lo leí en los evangelios”, admite el orfebre de 83 años, que ya lleva más de 60 creando cálices, y asegura que encuentra su inspiración en Dios. “Siempre le pido a Dios que me inspire. Sin Él, yo, pobre, ¿qué podría hacer? Yo cierro los ojos y sé que tengo a alguien”, sonríe.
Las rosas que transforman dolor en paz
Su fe, heredada de toda su familia, con un padre que “confiaba plenamente en Dios”, —recuerda con gesto emotivo—, es el motor de su trabajo. Y la paz, una de sus grandes motivaciones, horizonte que comparte con el Papa León XIV.
Nacido durante la época más cruda de la Segunda Guerra Mundial, Pallarols afirma: “Toda mi vida la dediqué a hacer cosas por la paz”, y se atribuye el papel de mediador en la reconciliación entre los escritores Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato, ocurrido en los ´70 en el histórico Bar Plaza Dorrego, a pocos metros de su taller.
“Una paz desarmada y desarmante”, pide el Papa una y otra vez, mensaje al que Pallarols parece haberse anticipado con un gesto que desde hace años recorre el mundo: Las rosas por la paz.

Se trata de delicadas flores metálicas que guardan un profundo mensaje: realizadas a partir de vainas de balas y demás material bélico utilizado en distintas guerras, buscan homenajear a los caídos en combate y ofrecer un mensaje de paz universal.
“En el mundo entero saben que yo fundo las vainas de la guerra y las transformo en rosas de la paz, y que donamos esas rosas para obras de bien público”, explica.
“Seguramente al Papa le voy a regalar una ahora, cuando venga”, anticipa Juan Carlos, aguardando la llegada del Santo Padre al país.
Fuente: www.aciprensa.com






