
Este octubre, por primera vez desde 2011, Lavapiés no celebra su festival de tapas y música. Lo cancelaron sus propios organizadores después de una edición en 2025 que se les fue de las manos. Pero tapas va a haber. Mañana jueves 22 de octubre, a partir de las 20:00, un grupo de vecinos pondrá una mesa en la calle Cabestreros para celebrar Lavatapa, un concurso de tapas caseras en el que, además de cocinar, hay que bautizar la receta con un nombre que plante cara a la gentrificación.
Mesas en la calle. Detrás está Lavapiés al Límite, un colectivo que organiza encuentros mensuales en las calles del barrio para denunciar problemas que afectan a sus vecinos. Este mes toca la gentrificación y la turistificación, y han elegido contarlo con comida. Quien quiera concursar tiene que llevar al menos diez raciones de una receta propia. El premio es un kit contra la gentrificación, aunque no han detallado qué incluye. También habrá una performance del centro cultural La Tortuga.
La convocatoria está abierta a cualquiera. Quien no quiera cocinar puede ir sin más, y los organizadores animan a llevar algo de picoteo para compartir e incluso una silla para sentarse a charlar. Piden avisar antes, eso sí, para calcular el aforo. Si hay una imagen que resume la diferencia con el festival que no se hace, es esa: no hay ruta de decenas de bares ni miles de visitantes, sino alguna que otra silla plegable y alguien con tuppers.
Por qué esa calle. Porque aquí se reúnen frente al antiguo Baobab, el restaurante senegalés que cerró hace unos años y cuyo edificio ha sido derribado para levantar un hotel. El proyecto, según elDiario.es, es un hotel cápsula, y su derribo provocó un pulso político y judicial: en junio, el TSJM paralizó los trabajos en dos de los edificios por su posible valor histórico, a petición del PSOE, mientras Urbanismo sostenía que en el tercero la promotora tenía licencia. El colectivo eligió esa calle para despedirse del espacio y reivindicar que “Lavapiés necesita lugares para vivir, encontrarnos y hacer barrio”.
El festival que murió de éxito. Conviene no mezclar las cosas, porque el Tapapiés cancelado y el Baobab derribado son historias distintas que el colectivo une bajo un mismo paraguas. Como ya contamos, el festival nació en 2011 de la mano de la Asociación de Comerciantes, con la idea de atraer visitantes a un barrio poco turístico y reforzar al pequeño negocio.
Y funcionó a lo bestia. En 2025, la Asociación Vecinal La Corrala denunció ruido, suciedad, consumo de alcohol en la calle y dificultades para descansar y moverse por el barrio, con zonas “fuera de control”. No en vano los propios organizadores reconocieron que se llegó a plantear suspenderlo el primer fin de semana. La Asociación de Comerciantes anunció en septiembre que lo aplazaba hasta 2027, para buscar un formato más sostenible que compatibilice la hostelería con el descanso de los residentes, según explicó su presidenta, Carmen Gordo.
La otra cara. Para muchos bares pequeños, esos once días eran más que una fiesta. Uno de los dueños, Antonio Amago, lo describía como un “salvavidas” económico: en su local las ventas diarias se disparaban un 75% durante el festival, y según los organizadores la facturación conjunta del barrio crecía alrededor de un 25%. Otros establecimientos, apunta elDiario.es, habían optado ya por dejar de participar por la saturación. Lavatapa no responde a ese problema. Plantea otra pregunta: qué pasa cuando los espacios de un barrio se orientan a quien viene de fuera.
Está claro que, para quien vive de la hostelería, la afluencia es el sustento; para quien vive encima de la ruta, es ruido y calles intransitables; y para el colectivo, ambas son síntomas de un barrio que se transforma en puro escaparate para visitantes. Que Lavapiés tenga 80 y pico nacionalidades censadas y una cocina que lo refleja es parte de lo que atrae, y también de lo que se quiere proteger.
Lo que viene. Mañana se verá cuánta gente cabe en una calle con mesas, sillas y tapas con nombres reivindicativos. No parece una gran escala. Pero llega en una semana en la que la vivienda ocupa plazas enteras: en Sol y en Barcelona hay acampadas, y quince años después del 15-M la vivienda vuelve a ser bandera. A través de estos movimientos se habla activamente de quién decide para qué sirve un barrio.
Imagen | CGT Zona Sur
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