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El problema de que leamos cada vez menos no es la falta de tiempo o disciplina: es que no hacemos ‘habit-stacking’

El problema de que leamos cada vez menos no es la falta de tiempo o disciplina: es que no hacemos 'habit-stacking'

Todos conocemos la escena: una pila de libros acumulando polvo en la mesilla de noche y una promesa silenciosa de que, este fin de semana, por fin, nos pondremos a leer. Sin embargo, llega el domingo por la noche y apenas hemos pasado un par de páginas, por lo que nuestra relación con la lectura se ha convertido en un «desencanto aspiracional». Queremos leer, ansiamos coger el hábito, pero ante cualquier imprevisto temporal, el libro es lo primero que descartamos.

Solemos castigarnos pensando que nos falta fuerza de voluntad o que no tenemos suficiente tiempo libre. Esperamos a las vacaciones para devorar novelas, creyendo que la lectura requiere de grandes bloques de tiempo ininterrumpido. Pero la ciencia del comportamiento tiene malas noticias para nuestro ego y excelentes noticias para nuestra rutina: no es un problema de disciplina, es un problema de diseño. La solución no está en la motivación, sino en un «hackeo» neurológico conocido como habit-stacking o apilamiento de hábitos.

La trampa de la motivación. Cuando no logramos nuestras metas de bienestar o intelectuales, «no es porque no nos importe lo suficiente o no seamos disciplinados», explica la doctora Eve Glazier a The Washington Post. El fracaso llega porque dependemos demasiado de una motivación efímera y carecemos de un plan de implementación realista.

Es aquí donde entra en juego el habit-stacking. Popularizado por expertos en comportamiento como BJ Fogg (creador del método Tiny Habits en la Universidad de Stanford) y James Clear (autor del exitoso Atomic Habits), esta técnica consiste en vincular un hábito nuevo que queremos incorporar a un hábito que ya realizamos de forma automática todos los días. Como detalla James Clear, la fórmula es asombrosamente simple: «Después de un ‘hábito actual’, haré un ‘hábito nuevo'». Aplicado a nuestro problema, el objetivo es dejar de decir «voy a leer más» —una meta abstracta y abrumadora— y usar anclajes cotidianos. Por ejemplo: «Después de encender la cafetera por la mañana, leeré una página», o «Después de lavarme los dientes por la noche, cogeré mi libro».

El «hackeo» biológico. Según explica James Clear basándose en la neurobiología, nuestro cerebro experimenta un fenómeno llamado «poda sináptica». A medida que envejecemos, el cerebro elimina las conexiones neuronales que no usamos y fortalece las que repetimos a diario (como ducharnos o hacer el café matutino). Al «apilar» la lectura sobre una ruta neuronal ya fuerte y establecida, el nuevo hábito viaja en primera clase. El cerebro utiliza el aprendizaje basado en señales (cue-based learning), reduciendo drásticamente la fricción y la fatiga de decisión. Simplemente, ya no tienes que acordarte de leer; tu cafetera te lo recuerda.

Y conseguirlo tiene un impacto que va mucho más allá de la cultura general. Tal y como analizábamos hace poco en Xataka, un estudio de 12 años con más de 3.600 participantes demostró que leer libros reduce el riesgo de mortalidad en un 20%. Los lectores tienen una ventaja de supervivencia de 23 meses frente a los no lectores, gracias a que la lectura profunda mejora la reserva cognitiva. Y no, no hace falta leer durante horas: el estudio apunta a que 30 minutos al día son suficientes para obtener estos beneficios.

La voz de los expertos: empieza en miniatura. Si la teoría es tan buena, ¿cómo la aplicamos sin fracasar en el intento? Los expertos consultados por los principales medios coinciden en varias reglas de oro para diseñar nuestro habit-stacking:

  • Empieza de forma ridículamente pequeña: La psicóloga Beena Persaud, citada en The Washington Post, advierte contra los cambios drásticos. No te propongas «leer un capítulo entero», proponte «abrir el libro y leer un párrafo». Hacer el hábito minúsculo garantiza que lo cumplas incluso en tus peores días.
  • El anclaje debe ser inquebrantable: La psicóloga Melissa Ming Foynes explica a Real Simple que el ancla debe ser a prueba de balas. Si quieres leer de noche pero tus hijos interrumpen tu rutina de sueño constantemente, usar la noche como ancla es un error. Busca algo que hagas «llueva o truene».
  • Olvída el mito de los 21 días: Tal y como recoge Dr. Axe, la ciencia ha demostrado que formar un hábito tarda entre 18 y 254 días (con una media de 66 días). La paciencia es vital.
  • Usa el «Principio de Premack»: La doctora Lauren Alexander recomienda aplicar recompensas inmediatas. Cuando logres tu micro-hábito de lectura, date un pequeño premio para que tu cerebro libere dopamina y cierre el ciclo de refuerzo positivo.

Cuidado con los espejismos. No obstante, antes de lanzarnos a apilar hábitos, conviene entender nuestro contexto. En España el 65,5% de los ciudadanos afirma leer por ocio (un máximo histórico), pero esta cifra puede estar inflada por el «sesgo social»: nos gusta presumir de que leemos porque da prestigio. Además, informes de The Economist señalan que los best-sellers actuales tienen una legibilidad equivalente a la de un adolescente de 16 años. Leemos menos profundo de lo que creemos.

A esto se suma el peligro de malinterpretar el habit-stacking. Como alertaba The Guardian, ahora hay una tendencia viralizada en redes sociales conocida como bedtime stacking. Consiste en irse a la cama a las 20:30 pero llevarse un arsenal de tareas: el portátil, el iPad, el skincare, un picoteo y el diario de gratitud. Lejos de ser un apilamiento de hábitos productivo, es un desastre para la higiene del sueño y destroza nuestro ritmo circadiano.

Consistencia frente a intensidad. Al final del día, en la psicología del comportamiento «la consistencia siempre supera a la intensidad». Las grandes transformaciones personales no nacen de fines de semana maratonianos de lectura, sino de acciones cotidianas ridículamente pequeñas repetidas a lo largo de los meses.

No somos malos lectores ni carecemos de disciplina. Simplemente, hemos estado utilizando las herramientas equivocadas para luchar contra una vida hiperconectada. Al encadenar la lectura a nuestro cepillo de dientes o a nuestro café, dejamos de depender de la caprichosa inspiración para, por fin, poner a nuestra propia biología a trabajar a nuestro favor.

Imagen | Photo by Matias North on Unsplash

Xataka | La ciencia ha calculado el impacto real en tu cerebro de leer libros. Y tiene una receta muy simple: 30 minutos al día


La noticia

El problema de que leamos cada vez menos no es la falta de tiempo o disciplina: es que no hacemos ‘habit-stacking’

fue publicada originalmente en

Xataka

por

Alba Otero

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Fuente: www.xataka.com

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