
Proyecto de gallinero de una mujer emprendedora apoyada por Cáritas. / Crédito: Cáritas Mexicana
Con el objetivo de reactivar la economía de mujeres jefas de familia que viven en contextos de vulnerabilidad en México, la Iglesia Católica, a través de Cáritas, impulsa un proyecto que combina apoyo económico, psicológico y espiritual.
Una de las beneficiarias de esta iniciativa es Annel Juanchi Martínez, quien vive en Ciudad Altamirano, en el estado de Guerrero, junto a su esposo, Israel Santiago Pablo, y sus dos hijos. En 2021, su familia atravesó una crisis económica debido a la falta de empleo de su esposo y la inestabilidad de los ingresos que ella percibía.
Fue a finales de 2022 cuando se integró al programa impulsado por Cáritas en la región, consolidando su participación durante 2023 a través de un emprendimiento de siembra y venta de hortalizas, así como producción de huevo de gallina y codorniz.

En entrevista con ACI Prensa, reconoció que la ayuda que recibió en ese momento se sintió como “una tablita de salvación para no ahogarme, porque mi esposo también se desesperaba por la economía dura (y) tener que solventar casa, niños y demás”.
En la actualidad, el proyecto se desarrolla en familia: su esposo y sus hijos participan en la siembra y cosecha, mientras que ella se encarga de la administración, la búsqueda de insumos, el control de gastos y la venta, principalmente a domicilio.
Señaló que, si bien el programa le brindó apoyo económico y capacitación administrativa, el impacto más grande provino del acompañamiento psicológico y espiritual, el cual, aseguró, “te ayuda mucho emocionalmente”.
A través de talleres constantes, explicó que “te enseñan tácticas de cómo salir adelante, de cómo no deprimirte”. Asimismo, destacó que ha podido observar el crecimiento de otras compañeras del grupo, quienes, como ella, “han podido ser mejores personas, han podido ser más autosuficientes”.
Crecimiento económico, familiar y espiritual
Con el tiempo, su emprendimiento evolucionó y, gracias a otros talleres que imparte Cáritas en la zona, como el de Ecología Integral, incorporó prácticas de agricultura orgánica y la elaboración de fertilizantes naturales, lo que ha fortalecido la calidad de sus productos.
Aunque hoy su esposo cuenta con un empleo fijo, la familia ha decidido mantener el proyecto, que se ha convertido no sólo en una fuente de ingresos adicional, sino también en un espacio de trabajo conjunto.

Además, Annel resaltó el impacto en su vida espiritual. Recordó que en algún momento llegó a pensar que “Dios se olvidó de mí”. Ahora, asegura, su fe se ha fortalecido, algo que percibe también en su familia. “Nos ha ayudado mucho a sentirnos muy bien espiritualmente y nos ha acercado más a la Iglesia”, compartió.
En este sentido, señaló que ha aprendido a confiar plenamente en Dios, porque es Él quien “te carga, quien te enseña, quien te hace confiar en ti”. Esto, explicó, lo ha vivido como un verdadero “empoderamiento al creer que sí puedes, solamente necesitas las bases para salir adelante”.
Un modelo que busca crecer
Actualmente, en Ciudad Altamirano se desarrollan alrededor de 20 iniciativas similares. El programa también se implementa en otras zonas de Guerrero, como Acapulco, así como en el Estado de México y en Zacatecas, donde el proceso apenas comienza. Se trata de un modelo piloto que busca consolidarse antes de expandirse
En entrevista con ACI Prensa, Eduardo Hori, responsable de la Pastoral del Trabajo de la Comisión Episcopal de la Pastoral Social (CEPS) – Cáritas, explicó que este proyecto surgió hace cuatro años, con la intención de llegar a mujeres que “están en lugares de alta vulnerabilidad, incluida la violencia y la precariedad extrema”.
Detalló que las participantes suelen llegar con ideas iniciales de emprendimiento, las cuales son analizadas junto con un equipo para evaluar su viabilidad, según su contexto y capacidades. A partir de ahí, las beneficiarias reciben capacitación técnica y un acompañamiento psicoemocional y espiritual, para finalmente ser apoyadas con insumos o recursos que les permitan poner en marcha su idea.

En la mayoría de los casos, dijo, se trata de microemprendimientos como “venta de dulces, de venta de abarrotes, de costura de ropa”, aunque mencionó que hay algunas que buscan “romper barreras, por ejemplo, en temas de tecnología, como arreglar celulares, arreglar computadoras”.
El seguimiento es constante. Cada mes, un equipo acude a las comunidades para acompañar a las participantes mediante talleres y reuniones en las que revisan tanto el avance económico como su situación personal.
Hori destacó que uno de los puntos importantes es el acompañamiento, y explicó que este proyecto no puede verse sólo como “un esfuerzo individual donde sólo las capacitamos y les damos el insumo, el dinero o los insumos para que pongan su emprendimiento. Así una de mil va a tener éxito”.
Retos y esperanza
Entre los principales retos, señaló las condiciones de los territorios donde trabajan, muchas veces marcados por la “violencia de crimen organizado”, lo que complica la labor; sin embargo, añadió que, aunque “la logística es complicada, como Iglesia se tiene que hacer”.

Otro desafío es el tiempo que requiere el proceso, ya que antes de “hablar de economía” es necesario atender las heridas emocionales. Muchas de las mujeres, dijo, llegan “afectadas, están con un duelo, con un dolor, con un enojo y también con la autoestima por los suelos”.
Finalmente, destacó que el propósito de fondo es devolver la esperanza. Se trata, dijo, de “regresarle la esperanza a esas personas, las cuales son personas con mucha fe”. Por ello, concluyó, la meta es “caminar juntos en la esperanza y que tenemos que ser artesanos de paz”.
Fuente: www.aciprensa.com






