Cada verano repetimos un ritual que pasa por comprar el protector solar con el factor más alto posible; lo aplicamos antes de pisar la playa, la piscina o incluso la calle. Sin embargo, la fotobiología y la dermatología moderna han comenzado a lanzar un mensaje claro que cambia las reglas del juego, puesto que bloquear la radiación en la superficie ya no basta.
Falta algo más. Aquí la voz de los expertos como Héctor Núñez, creador de Cometocrítico tienen claro que hay que incluir algo más en la rutina de esas personas que huyen del sol porque no quieren que aparezcan manchas en su piel. Este experto lo resume perfectamente: «Si algo debería ser obligatorio en verano, además del fotoprotector, es usar antioxidantes».
¿Por qué? Para entender por qué necesitamos este refuerzo, primero hay que comprender cómo actúa verdaderamente la radiación ultravioleta. Los fotoprotectores tradicionales, sean físicos o químicos, funcionan como un escudo exterior que absorbe o refleja los rayos UV, pero el problema es que ningún filtro del mercado bloquea el cien por cien de la radiación.
La radiación UVA, en particular, penetra profundamente en las capas de la piel y desencadena una tormenta de estrés oxidativo. Esto se traduce en la generación masiva de especies reactivas de oxígeno, conocidas popularmente como radicales libres, que dañan el ADN, degradan el colágeno y aceleran drásticamente el fotoenvejecimiento. Aquí es donde los protectores solares por sí solos encuentran su límite, ya que su mecanismo no está diseñado para reparar el daño molecular una vez que la radiación ha burlado la primera barrera y ha penetrado en nuestra piel.
No hay que confundirlo. Una exhaustiva revisión publicada en la revista científica Actas Dermo-Sifiliográficas detalla precisamente por qué es un error conceptual comparar los antioxidantes con el factor de protección solar. Operan en frentes distintos y absolutamente complementarios, puesto que, mientras el fotoprotector frena el golpe desde fuera, los antioxidantes actúan como un equipo de desactivación de explosivos en el interior de las células. Moléculas como la vitamina C, la vitamina E, los polifenoles del té verde o el licopeno se encargan de neutralizar a esos radicales libres antes de que causen estragos.
El futuro de la protección. Aparte del formato tópico, recientes publicaciones médicas especializadas en fotodermatología apuntan a los fotoprotectores orales como el gran complemento del futuro. Fitoquímicos extraídos de plantas como el helecho Polypodium leucotomos han demostrado una notable actividad antiinflamatoria e inmunoprotectora. Consumir estas cápsulas ricas en polifenoles no otorga inmunidad frente a las quemaduras ni sustituye a la crema, pero refuerza los sistemas antioxidantes endógenos de nuestro organismo, preparando a las células desde dentro para resistir mucho mejor la agresión solar.
No es un sustituto. El consenso de la comunidad dermatológica es unánime en este punto. Los antioxidantes jamás van a sustituir a la fotoprotección de amplio espectro, ni a medidas lógicas como el uso de gafas de sol o la búsqueda de sombras. Su verdadero papel es atrapar todo ese daño residual que inevitablemente se cuela por nuestras defensas principales y es por ello que combinar una buena crema solar con un arsenal antioxidante bien formulado ha dejado de ser un extra prescindible para convertirse en el estándar de oro de la salud cutánea.
Vía | Trendencias
Fuente: www.xataka.com






