
Cardenal Carlos Castillo Mattasoglio, Arzobispo de Lima y Primado del Perú, en el Palacio Arzobispal. A la derecha un busto del Papa León XIV. Crédito: Abel Camasca/EWTN News.
Tras conversar durante casi dos horas con el Cardenal Carlos Castillo Mattasoglio, Arzobispo de Lima y Primado del Perú, queda la impresión de estar ante un pastor preocupado por la realidad de sus compatriotas, especialmente por los más vulnerables.
Su experiencia durante los años del terrorismo entre 1980 y 2000 y su trabajo en barrios populares forman parte de una mirada con la que hoy busca responder a los desafíos del país, pero también a una pregunta que considera urgente para la Iglesia: ¿cómo debería ser la Iglesia del futuro?
En entrevista con EWTN Noticias, el Cardenal Castillo, de 76 años, defendió una Iglesia «más dinámica», «más laical, menos clerical y más abierta», en la que los fieles puedan ser protagonistas y las comunidades ser escuchadas. Buena parte de su propuesta pasa por la sinodalidad, una mayor cercanía con los jóvenes y la renovación de la formación sacerdotal.
Cuando le preguntamos cómo quisiera que lo recordaran dentro de 50 o 70 años, su respuesta fue directa: «Simplemente como un buen cura». Y añadió que también quisiera que se le recordara como alguien que pidió perdón por sus errores.
Jugaba a ser cura desde niño
A partir de ahí, el Cardenal Castillo habla de la Iglesia que sueña, de los futuros sacerdotes, del legado de Santo Toribio de Mogrovejo y de la inminente visita del Papa León XIV en noviembre de este año.
Cuando recuerda los primeros años de su vida, la imagen que aparece no es la de un sacerdote ni la de un arzobispo, sino la de un niño que jugaba a celebrar Misa con sus hermanas.
Su tío, el entonces Obispo Auxiliar de Lima, Mons. Ignacio Arbulú Pineda, lo llevaba a Misa en el Rímac. Él quería comulgar, pero todavía era muy pequeño. Al terminar la Eucaristía, su tío le daba una pequeña lata con hostias para que jugara a la Misa. Su madre incluso le confeccionó una ropita y él organizaba a sus hermanas para que se arrodillaran y participaran del juego.
“Eso es un primer pasito pequeño, inocente digamos, pero que siempre se cultivó”, recordó.
Con 42 años de sacerdocio, el Arzobispo de Lima mira ese recuerdo como parte de un camino vocacional que pasó primero por el movimiento laico Acción Católica, la sociología, la docencia, el contacto con los mineros y campesinos de Cerro de Pasco en la década del 70 y, finalmente, el seminario y el sacerdocio.
Pero hubo también una experiencia familiar que marcó profundamente su vida. «Mi hermano Ismael fue asesinado por ayudar a un amigo que estaba sitiado por los guerrilleros en el año 65. Él va a salvar a un amigo. Salva al amigo, pero lo matan a él junto con 17 policías», recordó.
Para Castillo, este suceso dejó una enseñanza que hoy permanece: «Murió dando la vida». A esa experiencia se sumó el ejemplo de su padre, un policía de oración, y sus años de trabajo con los sectores populares. «La gente nos evangeliza», afirmó.
Aquella experiencia también le ayuda a comprender la Iglesia que hoy imagina para Lima: una Iglesia cercana, participativa, capaz de escuchar y de salir al encuentro.

Una Iglesia que salga de sí misma
Para el Cardenal Castillo, la renovación de la Iglesia de Lima no consiste sólo en cambiar estructuras, sino modificar la manera de comprender la vida cristiana.
Cuestiona, además, una visión de la fe reducida a la relación individual entre una persona y Dios, sin consecuencias para la vida comunitaria.
“Pero si se reduce a que mi alma se salve, en el sentido de que yo tengo contacto directo, yo rece un montón y ya me consigo la salvación y tengo mi carné de entrada, eso es individualismo, pues no podemos vivir la fe como una especie de aristocracia espiritual”, afirmó.
Frente a ello, propone vivir “como Jesús vivió”. “Misioneramente. Saliendo, dando de comer a la gente, compadeciéndose”.
El Cardenal reconoce que uno de los caminos para lograrlo pasa por compartir responsabilidades con los laicos. En Lima, recuerda, muchas capillas están bajo la responsabilidad de mujeres que sostienen la vida cotidiana de esas comunidades.
“Y así y todo nuestro pueblo, siendo muy participativo, también puede ser la fuente de una iglesia más laical, menos clerical y más abierta”, aseguró.
En su visión, esto no supone eliminar el sacerdocio ni diluir su identidad propia. Al contrario, considera necesario fortalecer la formación de los sacerdotes, pero desde una relación diferente con el pueblo.
“No vamos a tener un ejército de curas nunca”, y agregó, que considera indispensable que los sacerdotes aprendan a trabajar con otros agentes pastorales.

“¿Qué sacerdote necesitamos?”
Precisamente, para el Cardenal Castillo la formación sacerdotal es uno de los desafíos pendientes de la Arquidiócesis de Lima.
Si bien reconoce avances en las nuevas generaciones, considera que todavía existen “muchos remanentes de una formación” que resulta “demasiado rígida para el mundo que tenemos”.
“Yo no digo que no haya que tener normas. No, por el contrario. Lo que pasa es que hay que suscitar las normas en su razón de ser y hay que explicar por qué, y explicar y debatir y ver si hay razonabilidad en los argumentos que damos, porque a veces no hay muchas razones”, sostiene.
En ese sentido, cuestiona un modelo en el que la autoridad del sacerdote pueda quedar reducida a la idea de que “el Padre siempre tiene razón”.
También considera que la Iglesia todavía no ha conseguido “unificar los criterios” para establecer un modelo claro de formación sacerdotal que responda a las necesidades actuales.
Para él, sin embargo, el modelo ideal es “siempre rezador, siempre cercano, siempre predicador, pero mucho más vivo en la relación con la gente, mucho más cercano”.

Sinodalidad: participar no es hacer un parlamento
La otra gran transformación que el Cardenal Castillo considera necesaria está vinculada a la sinodalidad. El Arzobispo señala que uno de los principales logros de los últimos años ha sido poner a la Arquidiócesis de Lima “en movimiento” y despertar el interés por una Iglesia más participativa.
Reconoce, sin embargo, que todavía queda camino por recorrer. “No hemos logrado sinodalidad completa todavía, pero vamos en buen camino. Hay bastante ánimo por seguir en ese camino”.
Por otro lado, rechaza la idea de que la sinodalidad convierta a la Iglesia en “una especie de parlamento”. Para él, participar significa aprender a escuchar, reflexionar, discernir y compartir la palabra.
“Yo creo que vamos logrando un nuevo consenso sobre qué cosa ser como Iglesia en el futuro”, aseguró.
En este proceso, las asambleas sinodales han tenido un papel importante. El Cardenal Castillo cuenta que la Arquidiócesis ha realizado dos, y que de ellas han surgido pistas pastorales que se vienen concretando poco a poco.

Jóvenes, vocaciones y la paciencia de escuchar
La preocupación por los jóvenes atraviesa buena parte de la historia sacerdotal de Castillo.
Antes de ingresar al seminario, fue dirigente de la Juventud de Acción Católica y recorrió distintas partes del país. Más tarde, durante su trabajo pastoral en Lima, participó en grandes encuentros juveniles que llegaron a reunir a miles de jóvenes.
La clave para incluir a los jóvenes, según él, es la “auto organización, confiar” en ellos.
Los jóvenes participaban en la elaboración de temas, materiales y organización de los encuentros. El Cardenal Castillo recuerda que podían pasar horas discutiendo una propuesta hasta alcanzar un consenso.
“Pero esa es la paciencia que hay que tener. Eso lo aprendimos en esa época”.
Esa experiencia también influye ahora en el trabajo vocacional de Lima. El Cardenal Castillo explica que actualmente la Arquidiócesis cuenta con entre 30 y 35 seminaristas y considera que el desafío no consiste solamente en la promoción, sino en ayudar a los jóvenes a recuperar la capacidad de pensar a profundidad.
El Cardenal expresa incluso preocupación por el impacto que puede tener la inteligencia artificial: “La inteligencia artificial no tiene experiencia humana ni sabe lo que es el sentido de la vida. Se necesita volver a una educación de ‘yo te hablo a ti’ y ‘tú me hablas a mí”.
Santo Toribio y una evangelización que comprende al otro
En este 2026, el año jubilar por los 300 años de la canonización de Santo Toribio de Mogrovejo, el Cardenal Castillo encuentra en su predecesor un modelo para pensar la evangelización de hoy.

“Una de las cosas más notables de Toribio es su comprensión de la gente”, aseguró.
Según Castillo, Santo Toribio entendió que evangelizar suponía conocer las lenguas, las costumbres y la realidad concreta de aquellos a quienes anunciaba el Evangelio. “Esos modos de evangelizar hoy día hay que hacerlos”
En esa misma línea, explicó que la Iglesia debe aprender a acercarse a personas que atraviesan distintas crisis y situaciones, sin dejar de verlos dignos: “Son seres humanos, hijos de Dios como nosotros, a quienes necesitamos hablarles al corazón y ayudarlos a que entiendan su problema, dentro del límite de lo que pueden hacer”.
Para el Cardenal Castillo, esta perspectiva se relaciona con lo que considera una característica central de Santo Toribio: evangelizar con “suavidad”.
“Toribio es el que viene a anunciar con suavidad la Palabra de Dios (…) Dios es amor, delicadeza. Y esa es una de las cosas más lindas que yo recuerdo de Toribio”, sostuvo.
“El carisma misionero de Lima siempre fue fundamental y lo perdimos”
La preparación para la próxima visita del Papa León XIV al Perú, del 11 al 17 de noviembre de 2026, señala el Cardenal, es una oportunidad para que pueda revitalizarse la vida misionera que alguna vez caracterizó a la Arquidiócesis limeña.
«Cada diócesis en el mundo tiene un carisma propio y la nuestra es un carisma misionero y lo hemos olvidado desgraciadamente un tiempo. El carisma misionero de Lima siempre fue fundamental y lo perdimos».
En Lima, la visita del Papa contempla cuatro momentos, según adelantó. El primero será un encuentro con presos, especialmente del penal Castro Castro, donde existe una pastoral penitenciaria. El segundo estará dedicado a la oración y acogida del legado de Santo Toribio de Mogrovejo, cuyos restos se encuentran en la Catedral de Lima.
El tercero será un encuentro en la Plaza de Armas con delegaciones representativas de distintos grupos y regiones del país, que el Cardenal ha denominado «el encuentro con todas las sangres del Perú».
Finalmente, León XIV tendrá un encuentro con los jóvenes, antes de presidir la Misa final en la base aérea de Las Palmas.
Castillo considera que la visita puede contribuir a recuperar la dimensión misionera de la Iglesia limeña. «El modelo de cura, por ejemplo, es poco misionero. Tenemos que cambiar», afirmó.
«Vamos a hacer varias actividades y, en primer lugar, lo que queremos es recibirlo, esperando de él un mensaje que actualice todo su magisterio (…) Ese sería nuestro ideal: que haga una actualización, porque él conoce el Perú y él sabe cómo somos los peruanos», explicó.
El Cardenal Castillo recuerda que su relación con León XIV se estrechó durante la pandemia de COVID-19, cuando se produjo una situación que requería la intervención de la Diócesis del Callao. En ese contexto, el entonces Papa Francisco pidió al Cardenal Castillo que colaborara con Mons. Robert Prevost, entonces Obispo de Chiclayo, a quien había designado administrador de la diócesis.
Prevost viajó desde Chiclayo hasta Lima durante la pandemia y se reunió con Castillo en su casa. Aquel encuentro marcó el inicio de una amistad que se mantiene hasta hoy. «Hablamos mucho de cómo estaba la cosa y ahí, desde ahí, grandes amigos», recordó,
El Cardenal Castillo destaca especialmente tres características de León: «Él es firme y simultáneamente muy tranquilo», dijo. También resaltó que “escucha mucho y discierne mucho”. “Tiene esa cosa de la espiritualidad, de la paciencia».
Después de su elección como Papa, el Cardenal Castillo terminó de confirmar una impresión que, asegura, ya tenía: «Yo creo que estamos ante un santo, un hombre muy santo».
Le gustaría ser recordado “como un buen cura”
Al final de la conversación, el Cardenal Castillo respondió a una pregunta muy personal: ¿cómo quisiera ser recordado dentro de varias décadas?
«Bueno, simplemente como un buen cura». Y acotó: «Yo prefiero haber sido un buen misionero de la gente».
Para él, lo importante no es tanto el recuerdo de su cargo como el impacto que pudo tener en las personas a las que sirvió. «Lo importante es que la gente sienta que no estuvimos aquí de balde», afirmó.
«Y pedir perdón también por los errores que uno puede haber cometido», añadió.
Finalmente, desea que el Perú pueda «resurgir», que conserve su alegría y que algún día la vida esté en plenitud.
Fuente: www.aciprensa.com






