
Imagen de Santa Rosa de Lima en la Basílica del Santísimo Rosario del Convento de Santo Domingo, en la capital del Perú. Crédito: EWTN Noticias.
El Arzobispo de Arequipa (Perú), Mons. Javier del Río, aseguró que Santa Rosa de Lima (1586-1617) no era una “desequilibrada”, como alegan algunos, sino una “joven feliz” que se dejó encender por el fuego del amor de Dios y que quiso participar en los sufrimientos del Señor.
El prelado salió así al paso de quienes no comprenden la vida de penitencia y mortificación de la primera santa de América, cuya fiesta el Perú y otros países latinoamericanos celebran este domingo 30 de agosto.
“Mucho se ha escrito sobre esta joven limeña que murió a los 31 años. Se ha destacado sobre todo su vida de penitencia, alabada por muchos pero también criticada por algunos que la han juzgado de modo anacrónico, es decir con una mentalidad propia de nuestra época y sin tener en cuenta su fe, el tiempo y las circunstancias en que ella vivió y el sentido trascendente de sus actos”, señala el arzobispo en su mensaje titulado Santa Rosa de Lima y compartido con ACI Prensa este viernes 28 de agosto.
En su mensaje, el prelado refiere que “no han faltado, incluso, quienes sólo han visto en Rosa a una mujer mentalmente desequilibrada. La verdad, en cambio, es que ella fue una elegida de Dios desde su más tierna infancia y, por tanto, sólo se la puede comprender desde esa gratuita elección divina y desde las gracias que el mismo Dios le brindó y ella supo acoger”.
En efecto, continúa Mons. Del Río, “quien conoce bien la vida de Santa Rosa sabe que lo primero que se dio en ella no fue la inclinación a mortificar su cuerpo sino el encuentro personal con el amor misericordioso de Dios manifestado en Cristo crucificado”.
“El mismo Jesucristo —resaltó— la atrajo hacia Él, la fue ‘enamorando’ revelándole progresivamente el infinito amor que tenía por ella y que tiene por toda la humanidad…y ella se dejó encender en ese amor”.
El Arzobispo de Arequipa recuerda luego el desposorio místico de Santa Rosa de Lima, en 1617, cuando el mismo Jesús le dijo: “Rosa, sé tú mi esposa”. “Así, como una esposa se une a su esposo y se hacen una sola carne (Gn 2,24; Mt 19,5-6), Santa Rosa se dejó hacer una sola carne con su Amado hasta el punto de querer participar en los sufrimientos de su pasión y muerte en la cruz”, indicó el prelado.
La vida de Santa Rosa estuvo marcada por la oración intensa —pasando a veces noches en vela— el ayuno y distintas prácticas de mortificación, como el uso de una especie de corona de “espinas” o de una cadena de hierro ceñida a la cintura, como explica el P. José Marco Burga Ludeña, en un artículo titulado La penitencia amorosa de Santa Rosa de Lima: si Dios fue su centro, no hubo en ella descentramiento, en el que precisa que la de Rosa de Santa María fue una “penitencia sana” y no “masoquismo”.
Santa Rosa fue una joven feliz
En su artículo, Mons. Del Río destaca que, así como Santa Rosa “participó en esos sufrimientos, participó también en los consuelos, hasta llegar a decir: «¡Oh, si los mortales supieran lo grande que es la gracia, lo bella, lo noble y preciosa que es, cuántas riquezas esconde en su interior, cuántos tesoros, cuánta felicidad!»”.
“Sí, Santa Rosa de Lima fue una joven feliz porque se entregó, sin cálculos, a Dios y a los hombres. Encendida por el fuego del amor divino, quiso llevarlo a los demás”, subrayó el prelado.
“Ayudaba a los indigentes con los bienes materiales que podía conseguir, y buscaba por las calles de Lima a los enfermos abandonados, para llevarlos a su casa, cuidarlos y curarlos con la ayuda del ‘Doctorcito’, como llamaba a Jesús”, prosiguió el Arzobispo.
Su amor, sin embargo, “no se limitaba a los pobres, sino que era universal; por eso ansiaba la salvación de todos y, como dijo San Juan Pablo II, con «su ardiente palabra…fue también una intrépida evangelizadora»”, indicó el prelado, recordando lo dicho por el Papa polaco en el ángelus del 6 de septiembre de 1992.
La santa, resaltó el arzobispo peruano, “hablaba a todos de Dios y animaba a los sacerdotes a partir incluso a lugares lejanos para anunciar el Evangelio a quienes todavía no lo conocían”.
En síntesis, concluyó Mons. Del Río, “en Santa Rosa de Lima vemos con nitidez las tres dimensiones de la vida cristiana: la intimidad con el Señor, de la cual brota la solicitud por los pobres y el celo por la salvación del mundo entero”.
“Que Dios nos conceda vivir así, cada uno desde el estado de vida al que Él lo ha llamado”, expresó.
Fuente: www.aciprensa.com






