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La crisis en Ceuta, un mes después

Un mes después de la llegada masiva de migrantes a Ceuta, este territorio español norafricano vive dividido entre el drama de quienes quedaron varados en sus calles tras arriesgarlo todo por un futuro mejor y sus habitantes, que alternan la solidaridad y la irritación por sentirse «abandonados«.

Otman Ianaya, de 40 años, se lanzó al agua a finales de julio junto a su esposa y sus dos hijas pequeñas para llegar a nado a Ceuta desde la población vecina de Castillejos, porque «no hay trabajo en Marruecos«.

«Quiero hacer un futuro en mi vida», dice Otman, quien aguarda todos los días durante horas para recibir comida de Cruz Roja en la playa del Trampolín, donde la ONG reparte alimentos.

Otman y su familia dormían a la intemperie hasta hace unos días, cuando voluntarios les llevaron lonas y mantas, en una de las muestras de solidaridad que se repiten en Ceuta que, junto con Melilla, constituye una de las dos únicas fronteras terrestres de la Unión Europea con África.

Hasta aquí llegaron unos 70,000 migrantes, a pie o a nado, el 30 y el 31 de julio, en una travesía que dejó decenas de fallecidos.

La mayoría retornó, pero 5,000, según el gobierno central, o al menos 10,000, de acuerdo con las autoridades ceutíes, permanecen en este pequeño territorio de 18.5 km2 y 80,000 habitantes, durmiendo en calles y playas.

«Tengo un sentimiento encontrado. Yo soy español y soy de religión musulmana. (A los migrantes) los veo como una invasión«, pero «salgo a la puerta de la calle y me encuentro» con uno y «le doy un trozo de pan«, resume a la AFP Nabil Abdeselam.

«Papeles«, «trabajo» y «futuro para todos no hay«, lamenta este ceutí de 50 años, que recuerda haber cerrado «a cal y canto» su cafetería y su autolavado durante los convulsos días de la llegada masiva.

Brotes de violencia

Un mes más tarde, la situación sigue desbordada, con asentamientos en varias playas, migrantes deambulando con mantas y en busca de comida, mientras el Gobierno instala campamentos donde pretende tener a todos los migrantes bajo techo en dos o tres semanas.

La situación derivó en brotes de violencia, como ataques con piedras de migrantes a patrullas militares, reyertas y un aumento de las agresiones sexuales.

Pero también hubo choques con la policía de manifestantes ceutíes que piden la expulsión de los migrantes, cuyas pertenencias quemaron en una ocasión en la playa.

Este miércoles, Día de Ceuta, se espera una multitudinaria manifestación, que será replicada en solidaridad en más de 200 municipios de España.

La situación «ha sido caótica, de no poder salir a la calle. Si salgo, voy mirando para todos lados, voy con miedo (…) con tantísimas noticias que hay, que si violaciones, que si atracos», afirma Gema Guillén, que se unió este martes a una protesta contra un campamento de migrantes frente a una escuela infantil.

«Nos sentimos abandonados«, señala Tomás Cantón, un empleado de la Seguridad Social de 32 años, mientras pasea a su perrita por el centro histórico de la ciudad autónoma, que luce un aspecto tranquilo este miércoles, con los negocios abiertos y las terrazas de los bares llenas.

Tomás rechaza que los ceutíes sean «racistas» por exigir soluciones y que vuelva la normalidad, al destacar que en Ceuta, donde el 40% de la población es musulmana, «siempre hemos convivido muy bien».

¿Asilo?

La gran mayoría de los recién llegados son marroquíes, que en principio podrían ser devueltos por ser migrantes económicos, pero también hay de otros orígenes, como Hibbane Saifi, quien quiere obtener asilo.

Opositor al régimen autoritario de las Comoras, este joven de 32 años salió de su país, un archipiélago en el Índico, en 2024 vía Tanzania. Luego recorrió África hasta llegar a Marruecos, y aprovechó la ola migratoria para entrar en Ceuta.

Con «miedo de regresar» a su país donde está «amenazado de muerte», Hibbane, solicitó «la protección internacional» en España.

En medio de la tensión, los migrantes también encontraron la solidaridad de una ciudad que, según sus autoridades, se ha visto al límite.

«Son personas que están en situación de vulnerabilidad, hay que ser un poquito empático», señala Halima Ahmed, portavoz de la asociación Luna Blanca, que todos los días cocina y reparte centenares de comidas a los migrantes.

Halima dice entender las protestas, porque «la gente está cansada, la gente está harta, la gente está sobrepasada» y tiene «miedo». Pero eso no legitima «ningún tipo de violencia» contra los migrantes, que son personas «con una historia muchas veces muy dramática, agrega.

Fuente: www.diariolibre.com

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