En la década de 1970, un gigantesco barco estadounidense navegaba lentamente por el Pacífico mientras varios buques soviéticos lo vigilaban a pocos metros, tomando fotos y escuchando cada conversación. En cubierta, los marineros hablaban en voz alta sobre rocas del fondo marino y recogían muestras para que todo pareciera rutinario, sin que nadie sospechara que, justo bajo sus pies, se estaba desarrollando una de las operaciones más insólitas de toda la Guerra Fría.
Un robo imposible. A finales de los años 60, en plena Guerra Fría, Estados Unidos localizó en secreto el submarino soviético K-129 hundido a más de 5.000 metros de profundidad en el Pacífico, una distancia que convertía cualquier intento de recuperación en algo prácticamente irrealizable.
Aun así, el valor estratégico era enorme, ya que el sumergible transportaba misiles nucleares, códigos y tecnología clave que podían inclinar la balanza en un momento de paridad nuclear entre superpotencias. Con ese objetivo en mente, la CIA puso en marcha el Proyecto Azorian, una operación tan ambiciosa que durante años solo un reducido círculo dentro del Gobierno conocía su existencia.
Contexto. En realidad, la misión, que duró más o menos seis años, se había iniciado en 1968, momento en que el K-129 cargado de misiles balísticos desapareció sin explicación en algún punto del océano Pacífico.
La situación no era del todo rara si pensamos que, en aquella época posterior a la Crisis de los Misiles de Cuba, tanto los submarinos estadounidenses como los soviéticos patrullaban alta mar con armas nucleares a bordo, preparados para una posible guerra.

Maqueta del submarino K-129 hundido y deteriorado
El hundimiento. Hay informes que indican que se debió a un fallo mecánico, como el encendido accidental del motor del misil, mientras que los soviéticos sospecharon durante un tiempo que los estadounidenses habían actuado de mala fe.
Sea como fuere y tras dos meses, la Unión Soviética abandonó la búsqueda del K-129 y las armas nucleares que transportaba, pero Estados Unidos, que recientemente había utilizado tecnología de la Fuerza Aérea para localizar dos de sus propios submarinos hundidos, localizó el submarino a 2.400 kilómetros al noroeste de Hawái y a 5.030 metros de profundidad. Según la historia desclasificada del proyecto por la CIA décadas después, «ningún país del mundo había logrado recuperar un objeto de este tamaño y peso desde tal profundidad».

Sherman Wetmore, ingeniero jefe del Glomar Explorer, observa una pintura al óleo del barco reflotando el submarino soviético
El gran teatro de la mentira. Una vez que Washington dio con su ubicación y con el fin de ocultar el verdadero propósito, se diseñó una de las tapaderas más elaboradas de la historia: una supuesta misión de minería submarina liderada por el excéntrico millonario Howard Hughes, cuya reputación hacía creíble cualquier proyecto extravagante.
¿Cómo? Se construyó el enorme Hughes Glomar Explorer, presentado al mundo como un buque capaz de extraer nódulos de manganeso del fondo marino, mientras en realidad ocultaba en su interior un sistema secreto diseñado para capturar el submarino. La operación fue tan convincente que incluso influyó en mercados y universidades, alimentando durante años la ilusión de una nueva industria minera que en realidad nunca fue el objetivo.

Detalles del plano de construcción del Glomar Explorer (reproducción), de 1971. En la parte inferior central del barco, se pueden ver los planos de la denominada como «piscina lunar», a la que la garra podría introducir el submarino
La garra gigante. El corazón de la misión era, posiblemente, lo más peliculero de toda una historia ya de por sí increíble. Se trataba de un dispositivo oculto bajo el barco: una gigantesca “garra” mecánica capaz de descender kilómetros hasta el fondo oceánico, abrazar el casco del submarino y elevarlo mediante un complejo sistema de tuberías y cables.
Todo el proceso debía ejecutarse fuera de la vista, utilizando una abertura interna del barco (el llamado “moon pool”) que permitía trabajar completamente oculto, incluso bajo la vigilancia constante de buques soviéticos que sospechaban, pero no podían probar nada. Qué duda cabe, la operación requería una precisión extrema, soportar tensiones colosales y mantener la posición del buque en mar abierto durante días, algo que en sí mismo ya suponía un desafío tecnológico sin precedentes.

Todo (casi) listo. En el verano de 1974, tras años de preparación, la CIA logró llegar hasta el submarino y engancharlo con la garra, momento en que comenzó a elevarlo lentamente hacia la superficie, en una operación que duró días y mantuvo en tensión a toda la tripulación.
Sin embargo, a mitad del ascenso, la estructura cedió y gran parte del K-129 volvió a caer al fondo del océano, dejando únicamente una sección recuperada. Aun así, se lograron rescatar restos del casco y los cuerpos de varios marineros soviéticos, los cuales fueron enterrados con honores en el mar, mientras el verdadero botín (los misiles y los códigos secretos) quedó envuelto en la incertidumbre y el más absoluto secretismo por parte de Estados Unidos, ya que muchos de los detalles hoy siguen clasificados.
“Ni confirmamos ni negamos”. El mayor giro de la historia llegó cuando la operación salió a la luz en 1975 tras filtraciones y robos de documentos vinculados a la tapadera empresarial, obligando al Gobierno estadounidense a enfrentarse a una situación diplomática de lo más delicada.
Sin embargo, en lugar de admitir o desmentir el robo de un submarino soviético nuclear a más de 5.000 metros de profundidad, Washington adoptó una respuesta que pasaría a la historia: “ni confirmamos ni negamos”, una fórmula diseñada para evitar tensiones directas con Moscú y que desde entonces se convirtió en un estándar en materia de inteligencia. Ese silencio calculado encapsula la esencia de toda la operación: una misión gigantesca, casi imposible sobre el papel, visible para todos en apariencia, pero cuyo verdadero propósito y resultados siguen, en gran medida, ocultos para el gran público.
El legado. Aunque el Proyecto Azorian no recuperó el submarino completo, dejó una huella profunda en la historia del espionaje y la ingeniería, entre otras cosas porque demostró que era posible operar en profundidades extremas y ejecutar misiones de una complejidad sin precedentes.
Por supuesto, también evidenció hasta qué punto la Guerra Fría impulsó soluciones técnicas radicales y operaciones que rozaban lo inverosímil, en una carrera por obtener ventaja estratégica a cualquier precio entre ambos bandos. Décadas después, sigue siendo uno de los episodios más audaces jamás concebidos: el intento real de robar, en silencio y desde el fondo kilométrico del océano, los secretos nucleares de los soviéticos con una garra más cercana a la literatura fantástica.
Imagen | TedQuackenbush, Tequask, CIA, International Spy Museum
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La noticia
«Ni confirmamos ni negamos»: el día en que EEUU robó un submarino nuclear soviético a 5.000 metros de profundidad
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Miguel Jorge
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Fuente: www.xataka.com








