
El P. Felipe Martínez en su primera Misa después accidentarse y actualmente. / Crédito: Diócesis de Saltillo
Hace un año, el P. Felipe Martínez, sacerdote de la Diócesis de Saltillo en Coahuila (México), sufrió un accidente vial que cambió su vida. El percance no sólo le dejó graves secuelas físicas, también le arrebató a su madre. Hoy, tras un largo proceso de recuperación, asegura que su recuperación es fruto de la oración de las personas.
En mayo de 2025, el sacerdote sufrió un choque automovilístico en la carretera a San Antonio de las Alazanas. Durante un testimonio compartido en el podcast Por Añadidura de la Diócesis de Saltillo, recordó que un vehículo invadió su carril y terminó impactándose de frente contra su camioneta en donde viajaba con su mamá.
En medio de la tragedia, su madre recibió un fuerte golpe y cayó sobre una de sus piernas. El sacerdote recordó que su única reacción fue abrazarla, un momento en el que dijo: “sentí mucha paz”. “No sentí miedo, no me agarré a gritar ni me agarré a llorar. Dije: ‘Señor, estamos en tus manos’”.
De acuerdo con un comunicado de la Diócesis de Saltillo, recuperó plenamente la conciencia el 22 de mayo. El despertar en el hospital estuvo acompañado por una noticia devastadora: el accidente había provocado la muerte de su madre y del otro conductor involucrado.
Al recordar esa etapa, el P. Felipe afirmó que se sintió “triturado por dentro y por fuera” tanto por el dolor de perder a su madre como por las lesiones sufridas, ya que le provocó un paro respiratorio por 10 minutos, el cual generó una fuerte preocupación médica.
Según recordó, el médico comunicó a sus familiares que “puede quedar en estado vegetal o probablemente ya no va a hablar o no se va a mover; no sabemos cómo vaya a quedar”.
La inquietud no se limitaba al aspecto físico. Según explicó el sacerdote, tras una valoración psiquiátrica, les señalaron a sus familiares que probablemente “va a caer en una depresión y va a tener ganas de suicidarse y hay que tratarlo”.
Aunque reconoció que hubo momentos en los que sintió deseos de rendirse y “aventar la toalla”, aseguró que poco a poco comenzó a notar pequeñas señales de recuperación.
En medio de aquella experiencia, el P. Felipe recordó que comprendió que tenía dos opciones: “o entierro la cabeza, me echo tierra a mí mismo, me desanimo y pierdo la esperanza o me abrazo de lo que creo”.
Eligió apoyarse en su fe. “Creo en ti y creo que has destruido las cadenas de la muerte; creo que nos has hecho no para una vida temporal, sino para la vida eterna; creo en eso, señor, creo y lo creo de corazón”, señaló.
Durante los meses posteriores al accidente, las comunidades donde había servido comenzaron cadenas de oración por su recuperación. De manera constante, la Diócesis de Saltillo compartía actualizaciones sobre su estado de salud e invitaba a los fieles a acompañarlo espiritualmente. Incluso, recordó haber recibido mensajes de apoyo provenientes de comunidades fuera de México.
Por ello, considera que su recuperación es “fruto de la oración y me considero fruto de la misericordia de Dios”, porque afirmó, “me pude haber ido en cualquier momento, el panorama era tan difícil, tan complicado”.
Las señales de mejoría comenzaron a llegar gradualmente. El 1 de julio, durante su noveno aniversario sacerdotal, pudo volver a celebrar una Santa Misa. Desde la habitación del hospital estuvo acompañado por su familia y otros sacerdotes.
Meses después, en diciembre de 2025, recibió el alta médica y fue trasladado a la Casa del Sacerdote diocesana para continuar su rehabilitación. Apenas hace unos días pudo reincorporarse a actividades pastorales sencillas como vicario adscrito a la Parroquia de San Pablo.
Al mirar el camino recorrido, aseguró que la experiencia le permitió comprender “la fragilidad humana” y comprender que “necesitas la ayuda de alguien más”.
Más que reprocharle, el P. Felipe le agradece a Dios por haberle “salvado de este accidente”. Ahora se siente “fruto de su gracia, fruto de su amor y de la oración de toda una iglesia”.
Fuente: www.aciprensa.com






