La vida tan atareada y estresada que llevamos buena parte de la sociedad puede hacer que por las mañanas la falta de tiempo haga que el desayuno se resuelva rápidamente con un café acompañado de unas cuantas galletas o un bollo. Algo que es sabido por muchos que no es sano, pero el reloj apretando por detrás hace difícil sacar tiempo para hacer unas tostadas con algo saludable encima. Sin embargo, con este desayuno rápido hay un problema: la energía acaba cayendo en pocas horas.
Las calorías vacías. Un término que cada vez se escucha más para hacer referencia a esos alimentos más procesados como la bollería, las galletas o cualquier dulce que comemos. Y aquí está puesto el gran debate, y plantea muchas preguntas sobre su utilidad y si de verdad comemos alimentos que no sirven para nada a corto plazo más allá de engordar.
Una montaña rusa. Para entender qué ocurre en nuestro cuerpo a las 8:00 de la mañana cuando ingerimos un café y cuatro galletas, hay que fijarse en la bioquímica de la digestión. Y es que la bollería industrial o las galletas están compuestas principalmente por harinas refinadas y azúcares libres. Esto es un problema porque, al carecer de fibra, proteínas o grasas saludables de calidad, el cuerpo no tiene que hacer un gran esfuerzo para digerirlas. Es decir, se descomponen a una alta velocidad en el tracto intestinal y pasan a la sangre en forma de glucosa casi de golpe.
En términos energéticos, es el equivalente a intentar calentar una casa encendiendo un fuego con hojas de papel de periódico: arde rapidísimo, genera una llamarada intensa, pero se apaga a los pocos minutos.
No hay que demonizar a la glucosa porque es fundamental como combustible para nuestro organismo y sobre todo para el cerebro. Sin embargo, este pico de azúcar que se produce por el consumo de estos productos u otros que suponen un gran desembarco de glucosa en sangre obliga al páncreas a segregar una gran cantidad de insulina de golpe para retirar el exceso de azúcar en sangre hacia el músculo o hacia el tejido adiposo.
El resultado aquí es una bajada drástica de glucosa apenas un par de horas después de haber ingerido estos alimentos, lo que provoca un hambre voraz u cansancio que hace que necesitemos comer nuevamente para tener azúcar en nuestro cuerpo.
Un continuo de azúcar. En el caso de que se haga un desayuno más pausado con alimentos mucho más variados, saludables y ricos en fibra, esto no ocurre. Cuando hay una buena cantidad de fibra, el aparato digestivo tiene que invertir más tiempo en procesar los alimentos y, por tanto, el caso de la glucosa al torrente sanguíneo es más pausado y mantenido en el tiempo. Esto hace que se tenga una energía ‘más mantenida’ a lo largo de toda la mañana sin sentir el clásico ‘bajón’ a media mañana.
No siempre es malo. Aunque en muchas ocasiones se trata de demonizar a estas calorías vacías por no contar con nutrientes de calidad, a veces es necesario tener un plus de energía rápida sin pensar en la fibra o las vitaminas que puedan presentarse. Esto es algo que vemos en el mundo del deporte, donde una chocolatina hiperazucarada o una galleta puede obrar un milagro cuando se está en el kilómetro 80 de una etapa, subiendo un puerto o cuando acecha la temida ‘pájara’.
En ese contexto de alto rendimiento deportivo, la fibra o las grasas serían un estorbo, ya que ralentizarían el vaciado gástrico, robando sangre de las piernas para enviarla al estómago y provocando pesadez o problemas gastrointestinales. Ese pico de glucosa que en una oficina te provoca letargo a las dos horas, en la bicicleta se quema inmediatamente en el músculo como combustible de alto octanaje, permitiendo mantener la intensidad.
Imágenes | Bayu Syaits
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La noticia
El desayuno que arruina tu energía en la oficina es el mismo que salva a un ciclista: la paradoja de las «calorías vacías»
fue publicada originalmente en
Xataka
por
José A. Lizana
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Fuente: www.xataka.com








