Este verano estamos viviendo una cadena de incendios forestales que sin duda va a pasar a la historia por su gran magnitud y por las imágenes extremas y sin precedentes que nos han dejado. Francia ha sido uno de los países más afectados, junto a España, y donde se ha visto un fenómeno meteorológico que parece sacado de una película de catástrofes: nubes de tormenta masivas que no nacen del ciclo natural del clima, sino del calor extremo de las llamas.
Algo conocido. Con este fenómeno no estamos hablando de simples columnas de humo, sino que se trata de un fenómeno climático con entidad propia que fascina y preocupa a la comunidad científica y que es conocido como los pirocumulonimbos. Y lejos de ser una rareza anecdótica, están alterando nuestra atmósfera a una escala que apenas estamos empezando a comprender.
Los pirocumulonimbos. Si acudimos a las referencias estándar en meteorología, como el glosario oficial de la Sociedad Meteorológica Americana, encontramos que los pirocumulonimbos son, en esencia, tormentas generadas por incendios.
Esto quiere decir que cuando un fuego es lo suficientemente masivo e intenso, genera corrientes ascendentes de aire extremadamente caliente. Este aire arrastra consigo vapor de agua, cenizas y partículas de humo hacia lo alto de la atmósfera y, al alcanzar las capas más frías, el vapor se condensa formando una inmensa nube convectiva. El resultado es una tormenta perfecta que puede generar rayos (lo que a su vez provoca nuevos focos de incendio) e inyectar grandes cantidades de humo directamente en la alta troposfera y la baja estratosfera.

Fuente: NASA
Como un volcán. Durante mucho tiempo, la magnitud de estas tormentas de fuego fue subestimada. Pero a partir del año 2010 la ciencia comenzó a destapar todo lo que no conocíamos de estos fenómenos gracias a la detección por satélite. Aquí un estudio de 2018 apuntó que las tormentas provocaron una inyección estratosférica de humo similar a la de un volcán. Se calcula que un gran pirocumulonimbo puede inyectar entre 0,1 y 0,3 teragramos de aerosoles de humo en la estratósfera, un orden de magnitud muy superior a lo que se estimaba en el pasado.
Lo hemos vivido. Uno de los ejemplos más devastadores que hemos visto en nuestra historia como sociedad lo tenemos en el «verano negro» que vivió Australia hace seis años. Aquí quedó documentada la existencia de 38 pirocumolonimbos que produjeron inyecciones estratosféricas masivas, alterando las condiciones atmosféricas a nivel global.
Tenemos que entenderlo. Con el cambio climático actuando como telón de fondo y propiciando perfiles atmosféricos cada vez más favorables para su formación, agencias como la NASA y el Laboratorio de Investigación Naval de EEUU se han puesto en marcha.
Actualmente, existen campañas de investigación punteras para cazar y entender a estos gigantes, y aquí destaca el proyecto INSPYRE, que es una campaña de campo plurianual que busca cuantificar cómo se inician estas tormentas y cómo retroalimentan el comportamiento extremo del fuego.
Fuente: www.xataka.com






