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En 1929, Renault «invadió» una isla entera y la convirtió en fábrica. Un siglo después, nadie sabe qué demonios hacer con ella

En 1929, Renault "invadió" una isla entera y la convirtió en fábrica. Un siglo después, nadie sabe qué demonios hacer con ella

En 1929, Renault culminó una conquista insólita a las puertas de París: convertir prácticamente una isla entera del Sena en una fábrica de automóviles. La Île Seguin llegó a funcionar como una gigantesca máquina industrial, conectada mediante puentes con las instalaciones de ambas orillas, con central eléctrica propia, pista de pruebas y miles de trabajadores. 

El problema llegó cuando las cadenas se detuvieron. 

Convirtiendo la isla en una fábrica. Louis Renault empezó a comprar terrenos de la Île Seguin en 1919 y durante los años veinte fue haciéndose progresivamente con prácticamente toda su superficie. La operación culminó a finales de esa década: los primeros edificios aparecieron mientras Renault ganaba su pulso con propietarios y autoridades locales, y en 1929 arrancó la gran etapa industrial de una isla de unas 11,5 hectáreas que acabaría prácticamente cubierta por instalaciones

Inspirado en los métodos de producción que había visto en las plantas de Ford en Estados Unidos, Renault levantó una fábrica de varios niveles, elevó el terreno, cimentó hasta unos diez metros de profundidad y conectó el complejo mediante puentes con sus instalaciones de Boulogne-Billancourt y Meudon.

Una fortaleza obrera flotando en mitad del Sena. Seguin terminó pareciéndose menos a una isla con una fábrica que a una enorme fábrica rodeada de agua. Sus muros llegaban prácticamente hasta el Sena, tenía una central eléctrica propia diseñada por Albert Laprade, zonas de pruebas, una pista subterránea y un embarcadero desde el que podían salir vehículos por el río. 

En los años cincuenta trabajaban allí alrededor de 10.000 personas y modelos como el Renault 4CV salían de sus cadenas; además, Billancourt se convirtió en uno de los grandes símbolos de la clase obrera francesa, desde las huelgas de 1936 hasta Mayo del 68. La imagen del gigantesco “paquebote” industrial quedó tan ligada a Renault que durante décadas resultó difícil imaginar la isla sin él.

El problema fue que envejeció. La producción de Renault empezó a desplazarse progresivamente hacia fábricas modernas como Flins, Cléon o Sandouville y Billancourt perdió peso dentro del grupo. Las instalaciones de Seguin fueron modernizadas varias veces, pero su propia configuración terminó convirtiéndose en una desventaja para los nuevos métodos industriales. 

El 21 de noviembre de 1989 Renault anunció que cerraría la planta y el 27 de marzo de 1992 salió de sus cadenas el último automóvil. La “fortaleza obrera” quedó en silencio y Francia descubrió inmediatamente otro problema: qué hacer con uno de los espacios industriales más simbólicos del país.

Ile Seguin

La fábrica de Renault ocupando la isla

Un culebrón urbanístico que lleva más de 30 años. Prácticamente desde el anuncio del cierre aparecieron propuestas. En 1990 se planteó un gran polo científico y tecnológico, después llegaron una ciudad lacustre con canales y jardines, viviendas, universidades, centros de investigación, museos y numerosos planes urbanísticos. 

Arquitectos como Jean Nouvel reclamaron conservar la memoria industrial y en 1999 llegó a acusar a Boulogne de “asesinar Billancourt”. Finalmente se impuso la tabla rasa: en marzo de 2004 comenzó la demolición del gigantesco complejo industrial y la isla quedó liberada para construir prácticamente desde cero. Parecía la oportunidad perfecta para reinventar 11 hectáreas extraordinariamente valiosas a apenas unos kilómetros del centro de París.

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Entrada a la fábrica

Y entonces llegó François Pinault. El multimillonario francés parecía tener la respuesta. En 2000 anunció que instalaría en la punta de Seguin una fundación para albergar su colección de arte contemporáneo, compró 2,3 hectáreas y encargó a Tadao Ando un espectacular edificio estimado entonces en 152 millones de euros. El proyecto se convirtió en la “locomotora” de la transformación de la isla y avanzó hasta conseguir permiso de construcción en 2004. 

Pero en mayo de 2005 Pinault abandonó Seguin alegando los retrasos provocados por los conflictos urbanísticos y acabó llevando su proyecto a Venecia. Renault había desaparecido, buena parte de la fábrica acababa de ser demolida y también se esfumaba el proyecto llamado a sustituirla.

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La Seine Musicale

Después probaron casi de todo. Los siguientes años produjeron una sucesión extraordinaria de propuestas: hoteles, una universidad estadounidense, un centro de creación contemporánea, el Instituto Nacional del Cáncer, un campus digital asociado a Vincent Bolloré, oficinas, viviendas, comercios y diferentes combinaciones de parques y equipamientos culturales. 

Jean Nouvel fue nombrado coordinador del desarrollo en 2009 y llegó a plantear cinco torres de alrededor de cien metros, provocando otra oleada de oposición y recursos. Los planes cambiaban de densidad, altura y usos al mismo ritmo que cambiaban alcaldes, promotores y acuerdos. 

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Mapa inicial de la fábrica de Renault en la isla

La fábrica desapareció, pero una parte de la isla volvió a tener vida. El primer gran resultado visible llegó en 2017 con la apertura de La Seine Musicale en la punta occidental, un enorme complejo cultural diseñado por Shigeru Ban y Jean de Gastines. 

Pero el centro de la isla continuó siendo el gran problema. Todavía en 2023, seis asociaciones mantenían recursos contra el proyecto Vivaldi de Bouygues Immobilier hasta alcanzar un acuerdo que reducía nuevamente la densidad y altura de los edificios y aumentaba las zonas verdes. El propio organismo encargado del desarrollo presentó aquel pacto como la culminación de “30 años de un recorrido jalonado de obstáculos”.

Renault tardó años en conquistar Seguin. Sustituirla es otra cosa. Ahí está la gran paradoja de la isla. Louis Renault consiguió comprar parcelas, enfrentarse a propietarios y autoridades, conectar ambas orillas del Sena y transformar prácticamente todo aquel pedazo de tierra en una única máquina industrial. Cuando esa máquina dejó de ser necesaria, París descubrió que borrar el pasado era bastante más sencillo que decidir el futuro

Más de tres décadas después del último automóvil y más de veinte años del inicio de la demolición, Seguin ya tiene espacios culturales y nuevos desarrollos en marcha, pero su transformación continúa lentamente. La isla que Renault consiguió ocupar casi por completo con una sola idea ha necesitado decenas de arquitectos, promotores, administraciones y proyectos para intentar responder a una pregunta aparentemente mucho más sencilla: qué demonios poner después.

Imagen | RG, Luna04, Wikimedia

Fuente: www.xataka.com

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