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En 2017, una niña de Virginia cavó un agujero en el patio trasero para un proyecto escolar. Nueve años después, el hueco sigue …

En 2017, una niña de Virginia cavó un agujero en el patio trasero para un proyecto escolar. Nueve años después, el hueco sigue allí, pero el sitio es irreconocible

En 2017, el jardín de una familia del valle de Shenandoah, en Virginia, era poco más que una extensión irregular de césped donde por las noches se escuchaban grillos. Entonces Maggie, una adolescente de 14 años, decidió cavar un estanque como proyecto para su clase de agricultura. Nueve años después, aquel agujero sigue allí, pero el paisaje es completamente diferente.

Una niña, una pala y un proyecto. En otoño de 2017, Maggie investigó cómo diseñar un estanque y comenzó a excavarlo en el jardín de la casa familiar, situada en una zona rural del valle de Shenandoah. La idea nació como un trabajo para su clase de agricultura del instituto y, en aquel momento, el terreno no tenía nada especialmente llamativo desde el punto de vista natural: césped irregular y el sonido de algunos grillos. 

Para la primavera de 2018 el estanque ya estaba lleno de agua y el resto de la familia se había sumado al proyecto colocando tierra, piedras y plantas alrededor de sus márgenes.

Aparecen los primeros habitantes. No tuvieron que comprar peces ni introducir anfibios para darle vida. Según recuerda Maggie, apenas unas semanas después de llenar el estanque aparecieron por su cuenta los primeros sapos americanos, atraídos por un lugar que hasta unos meses antes simplemente no existía. 

Con el paso de los años se incorporaron otras especies y hoy las noches tienen un sonido muy diferente al de 2017: alrededor de Maggie’s Pond pueden escucharse los trinos de las ranas arborícolas grises y las características llamadas de las ranas verdes.

El secreto. Sí, obviamente, no bastaba con construir un agujero. :ientras Maggie construía el estanque, sus padres comenzaron a investigar cómo podía utilizarse la vegetación autóctona para favorecer la biodiversidad. Alrededor del agua plantaron especies como buttonbush, Joe-Pye weed y pickerelweed, que ofrecen alimento, refugio y estructura a polinizadores y otros animales.

Posteriormente añadieron nenúfares blancos dentro del propio estanque, proporcionando lugares donde anfibios y macroinvertebrados pueden esconderse, reproducirse o protegerse de los depredadores.

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Inicios del estanque

De proyecto escolar a ecosistema funcional. La transformación resulta especialmente llamativa al comparar el mismo espacio en dos momentos: donde en 2017 había básicamente césped, en 2026 existe un pequeño hábitat acuático colonizado por diferentes formas de vida. 

La National Wildlife Federation describe el resultado como un ecosistema plenamente funcional y el jardín terminó obteniendo su certificación Certified Wildlife Habitat, que reconoce espacios capaces de proporcionar a la fauna elementos como alimento, agua, refugio y lugares donde criar. Maggie tiene ahora 23 años y el estanque continúa evolucionando casi una década después de que terminara aquella asignatura escolar.

Alguien tuvo que dejar sitio. La historia resulta más interesante precisamente porque el estanque no fue abandonado después de recibir la nota de clase. La familia continuó plantando especies nativas, acondicionando sus márgenes y manteniendo un entorno adecuado para los animales que comenzaron a llegar espontáneamente. 

Es una diferencia importante: Maggie creó el punto de partida, los animales lo encontraron por sí mismos y nueve años de vegetación y cuidados permitieron que aquel pequeño cuerpo de agua pasara de ser un proyecto escolar a convertirse en un hábitat estable.

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El estanque nueve años después

Lo que cambia un estanque. Porque la propia familia evita presentar Maggie’s Pond como una solución a problemas enormes como la pérdida mundial de hábitats o la desaparición de especies. Su enseñanza es mucho más pequeña y, precisamente por eso, tangible: proporcionar agua, vegetación nativa, refugio y lugares de reproducción puede cambiar radicalmente la cantidad de vida que encuentra acomodo en un jardín corriente. 

Los sapos que llegaron pocas semanas después de llenarlo ilustran esa idea de una forma particularmente sencilla: en 2017 no podían reproducirse allí porque el estanque no existía, y un año después ya tenían un nuevo lugar donde hacerlo.

Una década de vida. Si se quiere también, Maggie’s Pond tiene algo que muchos proyectos escolares no suelen conseguir: sobrevivir a la propia asignatura, a la nota correspondiente y al propio instituto. Aquella adolescente que comenzó a cavar con 14 años tiene ahora 23 y el estanque continúa atrayendo animales y proporcionando a la familia un lugar desde el que observarlos. 

Nueve años después, el contraste resume toda la historia: Maggie no sabía que al abrir un agujero en un jardín prácticamente cubierto de césped estaba creando las condiciones para que la naturaleza hiciera el resto, y aquel pequeño gesto terminó convirtiendo unos pocos metros de patio trasero en una explosión de vida salvaje.

Imagen | Steven David

Fuente: www.xataka.com

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