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Trans, migrante y latina con orgullo

Cada verano la palabra orgullo se pone de moda, pero pocas personas entienden tan en profundidad lo que significa sentirse “orgullosas” como Amber y Emily, quienes, además de inmigrantes latinas, son mujeres trans y un poderoso ejemplo de resiliencia.

«Para mí el día del orgullo es todos los días» dice a EFE Amber, ecuatoriana de 30 años y quien lleva la mitad de su vida en España.

«Desde los seis años yo sabía lo que quería hacer y tenía claro que en Ecuador era algo imposible«. A sus cinco años su madre emigró y ella quedó al cuidado de sus abuelos paternos.

Amber no conocería la palabra transgénero hasta muchos años después, pero pensaba que era posible ser «una mujer en el cuerpo de un hombre», una experiencia incomprendida en su contexto. «Cada vez que mi padre biológico veía un homosexual o una chica trans les insultaba».

Siempre fue «muy afeminada«, razón por la que sufrió el rechazo de su padre desde pequeña. «Se le metió en la cabeza hormonarme», explica. En la adolescencia descubrió pruebas de paternidad y evidencia de un tratamiento de testosterona al que fue sometida durante un año sin su conocimiento.

Su vida tomó un rumbo distinto al llegar a Madrid con 15 años, cuando su madre la llevó a vivir con ella.

Una década de integración

Emily creció en Guanajuato (México). En 2011, tras graduarse en Ingeniería en Sistemas, recibió una oferta laboral en una de las empresas de tecnología más importantes del mundo.

“Tuve la suerte de llegar a Seattle que es, en Estados Unidos, uno de los lugares más libres que hay”, explica a EFE.

Reconoce que le tomó más de una década integrarse en grupos diversos, ya que al inicio solo convivía con otros latinos de contextos conservadores como el suyo.

“Siempre hubo en mi cabeza la sensación de que algo no estaba bien”, recuerda. La disforia de género es la angustia que se sufre cuando la identidad de género difiere del sexo asignado al nacer. Emily lo compara con la ansiedad al no comer lo suficiente y solo poder pensar en comida.

Las políticas de inclusión de su empresa «hicieron las cosas más sencillas», ya que sus prestaciones laborales cubrieron todos los costos desde que inició su transición en 2022. “No soy la primera empleada trans y no seré la última», dice, pero reconoce que es un privilegio.

En Estados Unidos, donde los servicios de salud son privados, las cuentas por cirugías de afirmación de género y terapias de reemplazo hormonal suman cientos de miles de dólares. Para la mayoría de personas «es sumamente complicado”.

En España, donde Amber realizó su transición, la sanidad pública garantiza un acompañamiento integral.

El doble de problemas

Las principales áreas en las que las personas transicionan son la social, la médica y la legal. Esta última no solo implica cambiar el nombre y género en identificaciones, también supone una larga lista de trámites para actualizar contratos laborales, de arrendamiento, cuentas bancarias, etc.

Además del costo económico que esto representa, cada gestión les expone a personal que, en muchos casos, carece de capacitación, por lo que con frecuencia deben explicar aspectos íntimos de su vida y enfrentar discriminación. Para las personas migrantes estos trámites se duplican.

Desde 2024, Ecuador permite el cambio de género por autodeterminación. Cuando Amber acudió a la embajada ecuatoriana en Madrid esperaba actualizar su pasaporte. En su lugar, recibió un trato transfóbico por parte del funcionario que la atendió.

«Me trató como si estuviera enferma, decía ‘imposible, imposible, imposible‘». El escándalo fue tal que las personas de la sala de espera se dieron cuenta y recibió miradas incómodas e insultos.

Amber decidió que nunca regresará a la embajada ecuatoriana y, por lo tanto, tampoco a su país.

Aparte de muchos papeleos, Emily no tuvo mayor problema para obtener un pasaporte en ambos países en los que tiene ciudadanía, México y Estados Unidos. Pero desde 2025 la administración de Donald Trump exige que los pasaportes de las personas trans reflejen el sexo asignado al nacer.

Esto ha significado para ella perder la posibilidad de viajar con tranquilidad e, incluso, evitar algunos estados de Estados Unidos donde considera que su identidad la pone en riesgo.

«Me gusta viajar y es más difícil ahora. En una gran parte del mundo es ilegal ser como soy», lamenta Emily.

Fuente: www.diariolibre.com

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