La IV Reunión en Defensa de la Democracia, celebrada días atrás en Barcelona, consolidó un espacio de articulación política entre gobiernos progresistas con predominio iberoatlántico, heredero —aunque con sello propio— de las cumbres por la democracia impulsadas por Estados Unidos durante la administración de Joe Biden (2021-2024).
Aquellas iniciativas estadounidenses, orientadas a enfrentar el autoritarismo y promover derechos humanos, establecieron un marco de diplomacia multilateral que, tras el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca, perdió continuidad. Ese vacío fue ocupado por España y Brasil, cuyos líderes, Pedro Sánchez y Luiz Inácio Lula da Silva, promovieron desde 2024 un formato alternativo, menos institucional y más político.
El encuentro de Barcelona reunió a más de 3,000 participantes de unos 40 países y cerca de 20 jefes de Estado o de Gobierno. Entre los principales mandatarios presentes figuraron Brasil, España, México, Colombia, Uruguay y Sudáfrica, además del presidente del Consejo Europeo en representación de la Unión Europea.
También hubo participación de representantes políticos de Alemania, Austria, Irlanda, Lituania, Albania, Barbados y Cabo Verde, junto a figuras como el expresidente de Chile, Gabriel Boric. La composición confirma un núcleo iberoamericano con extensiones hacia Europa socialdemócrata, el Caribe y África, aunque con ausencias notables como Estados Unidos, Asia y el mundo árabe.
Pese a las lecturas que han surgido en distintos países, incluida República Dominicana, el foro no fue una cumbre anti-Trump per se. No hubo declaraciones formales dirigidas contra el mandatario estadounidense ni una agenda explícitamente diseñada en su contra. Sin embargo, sí estuvo atravesado por una narrativa que contrasta con su visión del orden internacional. Coincidió con una reunión amplia de la socialdemócrata Internacional Socialista que preside Pedro Sánchez .
La defensa del multilateralismo, el cuestionamiento de políticas unilaterales en comercio y seguridad, y la preocupación por el deterioro de la democracia liberal configuran una posición política que, sin nombrarlo directamente, se distancia del enfoque asociado a Trump.
Tensiones y desafíos en la agenda democrática
El consenso principal giró en torno a la idea de que la democracia atraviesa una etapa de fragilidad. En respuesta, los líderes estructuraron la agenda en tres ejes: multilateralismo, gobernanza digital y reducción de la desigualdad, entendida esta última como condición para la legitimidad democrática.
No obstante, también afloraron tensiones. Hubo matices en torno a conflictos internacionales, como el de Oriente Medio, y propuestas como una eventual declaración contra una intervención estadounidense en Cuba. Más significativo fue el silencio sobre situaciones en países como Venezuela, Nicaragua o la propia Cuba, lo que ha alimentado críticas sobre la coherencia del foro.
El valor del encuentro radicó, sobre todo, en su capacidad para articular una narrativa común y fortalecer redes de cooperación política. Sin embargo, su falta de compromisos jurídicamente vinculantes, la ausencia de mecanismos de seguimiento y su homogeneidad ideológica limitan su alcance como plataforma global.
- A diferencia del modelo original promovido por Estados Unidos, que aspiraba a una cierta universalidad, el formato actual privilegia la afinidad política. Esa característica explica tanto su rápida consolidación como las controversias que ha suscitado.
La cumbre de Barcelona deja así una doble lectura: continuidad de una agenda democrática global nacida en Washington, pero reinterpretada desde un eje progresista que, sin ser abiertamente anti-Trump, sí representa una alternativa a su visión del mundo.
Fuente: www.diariolibre.com






