Mi abuelo decía que antes una llamada importante se esperaba como si fuera un acontecimiento. Había que tener paciencia. Esperar el momento. Escuchar el teléfono sonar desde lejos y correr para contestar. En ese tiempo, comunicarse no era algo cotidiano. Era algo especial.
Muchos años después, mientras veo a mi hija hacer una tarea en línea, a mi esposa en una videollamada de trabajo y a mi sobrino viendo una clase desde su celular, pienso en todo lo que ha cambiado el país desde aquella primera llamada. Y también pienso en cómo la conectividad ha acompañado cada etapa de nuestra vida, porque la historia de las telecomunicaciones en República Dominicana no se trata solamente de tecnología. Se trata de personas. De familias. De sueños que encontraron nuevas oportunidades gracias a estar conectados.
Recuerdo cuando tener internet en la casa comenzó a cambiarlo todo. De repente podíamos buscar información en segundos, hablar con familiares que vivían fuera del país y descubrir un mundo completamente nuevo desde una pantalla. Lo que antes parecía lejano empezó a sentirse cerca.
Luego llegaron nuevas formas de conectarnos. Los celulares dejaron de ser solo para llamadas. Los negocios comenzaron a vender por redes sociales. Los jóvenes empezaron a crear contenido, estudiar en línea y trabajar desde cualquier lugar. Poco a poco, el país entero comenzó a moverse a otra velocidad. Y sin darnos cuenta,
Eso quedó más claro que nunca durante la pandemia. Mientras el mundo se detenía, nuestras conexiones nos mantuvieron cerca. Las clases continuaron desde casa. Las reuniones de trabajo siguieron ocurriendo a través de una pantalla. Las familias encontraron maneras de acompañarse aun estando lejos.

Recuerdo las videollamadas con mi madre para asegurarme de que estaba bien. Recuerdo a los niños aprendiendo desde la sala de la casa. Recuerdo negocios pequeños reinventándose para poder seguir adelante. En medio de tanta incertidumbre, la tecnología se convirtió en algo profundamente humano. Y detrás de cada mensaje, cada llamada y cada conexión, había una red preparada para sostener al país en uno de sus momentos más difíciles.
Hoy seguimos evolucionando. Ahora escuchamos hablar de Fibra Óptica de 4ta generación, 5G, nube, inteligencia artificial y hogares inteligentes. Pero cuando uno lo piensa bien, todo eso significa algo mucho más simple: significa posibilidades. La posibilidad de que un emprendedor dominicano pueda vender sus productos a cualquier parte del país. La posibilidad de que un estudiante tenga acceso a herramientas que antes parecían inalcanzables. La posibilidad de trabajar, aprender, crear y crecer sin importar dónde uno se encuentre. Donde la conectividad es inclusión y las oportunidades hoy día son para todos.
República Dominicana también ha evolucionado. Hoy somos un país más conectado, más digital y preparado para competir con el mundo. Un país donde la tecnología impulsa negocios, fortalece comunidades y abre puertas para nuevas generaciones.
Y aunque las herramientas han cambiado muchísimo desde aquella primera llamada que esperaba mi abuelo, hay algo que permanece igual: la necesidad humana de sentirnos cerca. Porque al final, las telecomunicaciones nunca se han tratado solamente de cables, antenas o velocidad. Se tratan de historias:
De una madre hablando con su hijo que vive lejos. De un joven creando su primer negocio desde un celular. De una familia viendo una película reunida en la sala. De un médico accediendo a nuevas herramientas para ayudar a sus pacientes. De personas encontrando nuevas oportunidades gracias a estar conectadas.
Lo que comenzó con una llamada, hoy conecta sueños, impulsa negocios, acerca familias y mueve un país entero. Y mientras República Dominicana continúa evolucionando, veo a empresas como Claro Dominicana acompañando cada paso de esa transformación, desarrollando soluciones e infraestructura que permitan construir un futuro con más oportunidades para todos. Porque cuando un país se conecta, también evoluciona.
Fuente: www.diariolibre.com






