InicioEspiritualidadUn obispo de Nueva York, su anillo perdido y una bolsa de...

Un obispo de Nueva York, su anillo perdido y una bolsa de papas fritas


El obispo Mark O’Connell encontró su anillo episcopal en el fondo de una bolsa de papas fritas Utz. Crédito: Cortesía / The Evangelist.

El anillo de un obispo tiene un gran peso simbólico. Es un sello de oro propio de su oficio, un símbolo de fidelidad a la Iglesia y, en el caso de Mons. Mark O’Connell, Obispo de Albany (Nueva York), una obra maestra de profundo valor personal. Y, como resulta que incluso los objetos más sagrados no están exentos de los peligros potenciales del agua con jabón y el fregadero de una cocina.

Fue durante una tranquila noche en la cocina de la casa parroquial contigua a la Catedral de la Inmaculada Concepción de Albany cuando desapareció el símbolo de su ministerio.

“Estaba terminando de cenar —yo mismo preparo mi cena—, así que debí lavarme las manos y [el anillo] se afloja”, recordó Mons. O’Connell al periódico The Evangelist, de la Diócesis de Albany. “Miré mi dedo y ya no estaba el anillo”.

La desaparición provocó un inmediato, aunque silencioso, estado de alarma. No se trataba de una joya que pudiera reemplazarse fácilmente en una tienda cualquiera.

“Es de oro. Lleva a San Andrés, mi santo patrono, y tiene mi lema (Invenimus Messiam). Lo hizo el padre de un amigo personal”, explicó. “Era un orfebre en Italia y me lo regalaron justo después de mi ordenación como obispo. En el interior lleva grabados mi nombre y la fecha de mi ordenación episcopal. Así que es muy especial para mí y lo llevo puesto todo el tiempo”.

Lo que siguió fue una búsqueda meticulosa, habitación por habitación, más parecida a una investigación de la escena de un crimen que a la búsqueda de un objeto extraviado.

“Revisé cuidadosamente toda la cocina, incluido el triturador de basura y el bote de basura. Revisé absolutamente todo. Después fui a la despensa; la revisé. Busqué por todas partes; no pude encontrarlo. Luego registré mi habitación con la esperanza de que apareciera allí”.

Pero la búsqueda no dio resultado. Los días se convirtieron en semanas. Finalmente, el obispo tuvo que aceptar una inquietante realidad.

“Después de varios días sin que apareciera, pensé: ‘Bueno, perdí mi anillo y quizá algún día aparezca’”, dijo.

El fantasma del obispo del pasado

Un obispo no puede desempeñar sus funciones públicas sin anillo. Necesitando uno temporal, Mons. O’Connell visitó a Amy Brozio-Andrews, archivera de la Diócesis de Albany, para ver qué había conservado la historia.

“Fui al archivo y pregunté si tenían anillos de obispos. Tenía nueve, así que usé el anillo de un obispo no identificado”, contó. “No sabemos de quién era, pero llevé durante más de un mes y medio el anillo de un antiguo obispo de Albany”.

Durante seis semanas, Mons. O’Connell desempeñó su ministerio llevando la joya de un predecesor fallecido hacía mucho tiempo. El misterioso anillo prestado pronto se convirtió en tema de conversación. Durante una Misa de Confirmación, una invitada curiosa notó el inusual anillo en su dedo y más tarde le preguntó por su origen.

“Le dije: ‘Estoy usando el anillo de un obispo fallecido. No sé de quién es porque perdí el mío’”, recordó Mons. O’Connell entre risas.

“Después de esa conversación, esta mujer se me acercó y me dijo: ‘Le conté a mi madre lo del anillo y quiere saber si fue a la cripta’”.

Para dejar constancia, el obispo no fue.

Un “milagro” digno de una caja de Cracker Jack

El misterio finalmente se resolvió el 12 de junio, gracias a una bolsa abierta de papas fritas Utz y a un sacerdote hambriento.

El P. Rendell Torres, antiguo rector de la catedral, estaba buscando algo en la despensa de la casa parroquial cuando vio una bolsa de papas fritas ya rancias, que llevaba abierta y olvidada un mes y medio. Metió la mano para tomar un refrigerio, pero en lugar de una papa frita sacó un puñado de oro.

“Metió la mano para sacar una papa frita… y allí estaba mi anillo, como si fuera un premio dentro de una caja de Cracker Jack”, relató Mons. O’Connell.

Al parecer, semanas antes, mientras buscaba distraídamente el anillo, el obispo lo había dejado caer dentro de la bolsa justo cuando tomaba un refrigerio rápido. Si durante esas seis semanas alguien aficionado a la limpieza general hubiera decidido ordenar la despensa, aquella valiosa pieza habría terminado en el vertedero municipal.

“Si yo hubiera ido a la despensa, habría sabido que esa era una bolsa de papas fritas muy vieja y la habría tirado a la basura. Así que fue una verdadera suerte que el anillo no terminara en el basurero dentro de esa bolsa”, admitió. “Ya me había resignado. Tengo un viaje a Roma y pensaba comprar allí un anillo nuevo, quizá mandar hacer uno igual. Ya había renunciado por completo, y de pronto ahí estaba”.

Pidiendo ayuda a San Antonio

Mirando hacia atrás, Mons. O’Connell cree que las seis semanas de espera pudieron ser una pequeña retribución divina por una broma que hizo a costa de San Antonio de Padua, patrono de los objetos perdidos.

“Todo el mundo pregunta por San Antonio”, bromeó. “Creo que quizá le falté al respeto al principio de todo esto porque, en ese mismo grupo que me preguntó por el anillo [durante la Confirmación], también me preguntaron por San Antonio, y respondí: ‘Bueno, Antonio no puede encontrarlo todo, porque no puede encontrar mi pelota de golf’. Así que quizá le falté al respeto, pero al final respondió, porque sí le recé”.

Con el anillo de oro nuevamente en su dedo, la insólita odisea del Obispo de Albany deja a los fieles una nueva enseñanza práctica: recen con sinceridad a San Antonio… y revisen siempre, siempre, el fondo de la bolsa de papas fritas.

Artículo publicado originalmente en el National Catholic Register. Traducido y adaptado por el equipo de ACI Prensa.

Fuente: www.aciprensa.com

RELATED ARTICLES
- Advertisment -
Google search engine
Google search engine
Google search engine

Most Popular