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Un gallego ayudó a que el sistema métrico se usara en el mundo entero. España lo dejó tirado

Un gallego ayudó a que el sistema métrico se usara en el mundo entero. España lo dejó tirado

Hoy medimos una habitación en metros, pesamos el café en gramos y calculamos la distancia en kilómetros. Y damos por hecho que las cosas funcionan como caídas de las estrellas. Durante siglos, cada reino y a veces cada gremio usaba su propia unidad de medición. El codo de Castilla no era como el codo de Aragón. La vara gallega no tenía nada que ver con la vara castellana. El comercio era un caos y de la ciencia mejor no hablemos. Alguien tuvo que poner orden. Y entre los que lo hicieron, había un labrador gallego de Lalín que, según dicen, tenía una cabeza sublime.

Su nombre era Pedro Xosé Rodríguez González. La historia lo recuerda como el “matemático Rodríguez”, o el Matemático de Bermés, por la parroquia de Lalín donde nació el 25 de octubre de 1770. Era el séptimo hijo de una familia de labradores de Pontevedra. Sin dinero, sin contactos, con las opciones que el destino reservaba a los hijos de la tierra gallega del siglo XVIII: el campo, la emigración o la Iglesia. ¿Cómo llega un niño campesino a redefinir la forma de medir el mundo?

Estudioso y sin sotana. Su tío, eclesiástico y bien leído, costeó sus estudios en el Colegio de Humanidades de Monforte de Lemos. De allí marchó a Santiago de Compostela con 17 años, becado en el Colegio de los Jerónimos. Allí estudió gramática, latín, filosofía, teología, materias que le abrían puertas hacia el sacerdocio. Pero el joven prefirió las mates, estudiando de manera autodidacta, porque entre sus inquietudes no encajaba la sotana.

En 1798 ya era catedrático suplente de matemáticas sublimes en la Facultad de Medicina de la Universidad de Santiago. “Sublimes” porque literalmente era el nombre del grado: en los siglos XVIII y XIX, las materias de cálculo diferencial e integral se agrupaban bajo este curioso sello. En dos años ganó la cátedra por oposición. El tribunal que lo examinó mandó al rey Carlos IV las siguientes palabras: “Rodríguez es uno de aquellos genios que de raro en raro forma la providencia para los conocimientos sublimes”. Menuda carta de presentación, menudo elogio y constatación de que ni la Academia Española sabía muy bien qué hacer con el gallego.

Qué hace un genio en la España de 1803. Pues pedir permiso para irse a París y seguir aprendiendo. Rodríguez lo pidió, lo obtuvo y llegó a la capital francesa con 33 años. Allí entró en el círculo de los mejores científicos de Europa. Estudió astronomía y matemáticas bajo la tutela de Jean-Baptiste Biot (a él le debemos conocimientos sobre la polarización de la luz, los meteoritos, los campos magnéticos, etc). Entabló relación con Pierre-Simon Laplace, quien acabaría siendo presidente de la Academia. Esa red fue decisiva.

En 1806, el gobierno español lo nombró comisario en una expedición internacional liderada por François Aragó y el propio Biot. La misión era prolongar la medida del arco de meridiano de París, ya trazado entre Dunkerque y Barcelona, hasta la isla de Formentera. La razón era más profunda: esa medición sería la base para establecer la longitud exacta del metro. La diezmillonésima parte del cuadrante del meridiano que pasa por París. Una medida tomada de la naturaleza, no del palmo de ningún rey, por cierto.

El Mediterráneo se complica. Ahora llega la parte de la guerra, el espionaje y un episodio que parece sacado de una novela de aventuras. El equipo iba bien, conformó el triángulo geodésico número 17, con vértices en las cimas de Camp Vell en Ibiza, la Mola de Formentera y la Mola del Esclop en Mallorca. Fue la primera vez que se midió un gran triángulo geodésico sobre el mar. Pero en 1808, con las tropas de Napoleón en la península y la guerra de independencia en marcha, los científicos que lanzaban señales luminosas desde cimas de montaña se convirtieron en inmediatos sospechosos.

Aragó, que era francés, se quedó en Mallorca para cerrar el último triángulo. Los isleños dijeron que era un espía. Un miembro español de la expedición corrió a avisarle. Aragó se disfrazó de payés, bajó por la montaña y a punto estuvieron de capturarlo. Terminó detenido en el castillo de Bellver, en la celda que días antes ocupó Jovellanos. Rodríguez maniobró para ayudarle a salir. El episodio costó meses de trabajo perdido. Al menos, los datos de medición se salvaron.

¿La Tierra es redonda o no? Ni redonda ni del todo. En 1809, Rodríguez viajó a Inglaterra con un encargo del gobierno: examinar los establecimientos científicos británicos. Lo que hizo allí fue corregir a uno de los geógrafos más prestigiosos de su época. El teniente coronel William Mudge afirmaba, con sus cálculos del meridiano de Greenwich, que la Tierra estaba achatada por el Ecuador. Isaac Newton lo había dicho al revés décadas antes: el achatamiento está en los polos. Rodríguez tomó las observaciones de Mudge, las recalculó con el método de Delambre y encontró un error de latitud en la estación de Arbury Hill, Northamptonshire. El error de Mudge era demostrable y Newton tenía razón.

El 4 de junio de 1812, la comunicación se presentó ante la Royal Society de Londres bajo el título ‘Observations on the measurement of threes degrees of the meridian’. La leyó su amigo José de Mendoza y Ríos, marino español y miembro de la institución. Es, probablemente, la aportación individual más importante de Rodríguez a la ciencia: demostrar empíricamente, y con mayor exactitud que cualquier otro matemático, la forma real de la Tierra. De allí fue a Gotinga a estudiar cristalografía bajo la supervisión del mineralogista Abraham Gottlob Werner. Allí se relacionó con otra estrella de la época: Carl Friedrich Gauss. En París, en 1817, el padre de la cristalografía moderna, René Haüy, le regaló una colección de 1.024 modelos cristalográficos tallados en madera. Esa colección está hoy en el Museo de Historia Natural de la Universidad de Santiago de Compostela. Y es alucinante.

Una tumba sin nombre. Y llegamos a un final que debería darnos vergüenza. El zar Alejandro I le ofreció la dirección del Observatorio Astronómico de San Petersburgo. El Ateneo de Ciencias de París le ofreció la cátedra de Astronomía. Y Rodríguez rechazó ambas. No quiso marcharse sin avisar al gobierno español —para retenerlo, lo nombraron director del Observatorio Astronómico de Madrid en 1819—. Fue uno de los fundadores de la Universidad Central de Madrid, germen de la actual Complutense. Y entre 1821 y 1823 estuvo de diputado por Galicia durante el Trienio Liberal.

Llega 1823 y Fernando VII restaura el absolutismo. A Rodríguez le retirarán la cátedra. Enfermo y sin recursos, cruza la frontera a Portugal para trabajar con las universidades de Coímbra y Lisboa. Regresa a Santiago en septiembre de 1824 y muere el 30 de ese mes. Lo entierran sin pompa alguna en la iglesia de San Agustín, bajo una lápida sin nombre ni inscripción.

Olvidado y apenas reivindicado. En toda España hay apenas una calle con su nombre, en Lalín, y un busto en el campo de la fiesta de Bermés —el cual, para más inri, era falso y tardaron décadas en cambiarlo—. En el Paraninfo de la Universidad de Zaragoza figura tallado junto a José Chaix, su compañero en la expedición del meridiano. La Real Academia Gallega de Ciencias lo eligió Científico Gallego del Año en 2024, doscientos años después de su muerte. 

Da vértigo saber que el metro que usa cualquier costurero o arquitecto se fijó, en parte, gracias a este niño del campo de Lalín al que el tribunal de la Universidad de Santiago llamó genio y al que cierto gobierno español, que destrozó un imperio entero, dejó morir sin blanca. La primera noticia biográfica publicada a raíz de su muerte pertenece a Ramón Neira de Mosquera amigo personal, que publicó en el periódico de Santiago de Compostela ‘El Eco de Galicia’, 27 años después de su muerte (un 24 de abril de 1851), una afectuosa carta que recuperó parte de su legado.

Imagen | Foto del busto en el parque de Bermés

Fuente: www.xataka.com

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