En marzo de 2024, varios países de África oriental, Oriente Medio y el sur de Asia comenzaron a sufrir cortes extraños de internet y ralentizaciones masivas en servicios digitales. El origen no estaba en un ciberataque ni en un apagón eléctrico, estaba en un barco alcanzado durante un ataque en el mar Rojo que había arrastrado accidentalmente su ancla sobre el fondo marino y dañado varios cables submarinos esenciales para las comunicaciones globales.
El plan B de Irán. Durante décadas, el Estrecho de Ormuz fue visto como el gran cuello de botella energético del planeta, la ruta por la que circula buena parte del petróleo mundial. Ocurre que la guerra con Estados Unidos e Israel ha hecho que Irán descubra algo mucho más importante: bajo esas aguas también circula internet.
¿Cómo? Al parecer, contaba la CNN que Teherán ha comprendido que los cables submarinos que conectan Europa, Asia y el Golfo son una infraestructura tan estratégica como los petroleros, y quiere convertir esa posición geográfica en una nueva fuente de poder. La idea que empieza a emerger en el discurso iraní es muy clara: si el mundo necesita pasar datos bajo Ormuz, las grandes tecnológicas como Google, Amazon, Microsoft o Meta deberían aceptar algún tipo de peaje, licencia o sometimiento a las reglas iraníes. Dicho de otra forma, Ormuz ya no sería solo una palanca sobre la energía global, sino también sobre la economía digital.

Los cables invisibles. El gran descubrimiento estratégico iraní nace de una realidad poco visible: casi todo el tráfico global de datos depende de cables físicos tendidos sobre el fondo marino. Por ellos pasan pagos bancarios, servicios en la nube, comunicaciones militares, plataformas de streaming, operaciones bursátiles y buena parte de la infraestructura de inteligencia artificial.
Algunos de esos cables atraviesan zonas cercanas a aguas iraníes, especialmente en el Golfo Pérsico. Aunque gran parte de las rutas internacionales fueron diseñadas para evitar directamente territorio iraní, Teherán entiende que la proximidad basta para ejercer presión. El régimen ha comprendido que interrumpir o amenazar esos corredores podría generar daños económicos y psicológicos enormes incluso sin disparar un misil.
La amenaza de la guerra submarina. En este punto hay que resaltar que Irán no ha prometido sabotear cables directamente, pero sí ha lanzado mensajes deliberadamente ambiguos sobre posibles interrupciones o daños. Precisamente esta ambigüedad forma parte de la estrategia.
El país dispone de drones submarinos, minisubmarinos y fuerzas navales capaces de operar en el Golfo, mientras sus aliados regionales ya demostraron accidentalmente en el mar Rojo el enorme impacto que puede provocar un simple incidente submarino. El verdadero miedo occidental no es, por tanto, un apagón total de internet, sino más bien una cadena de disrupciones: retrasos financieros, problemas en centros de datos, degradación de redes empresariales o dificultades para reparar infraestructuras críticas en mitad de una crisis militar. En un mundo completamente dependiente de los datos, tocar estos cables significa poco menos que tocar la economía mundial.
La inspiración del canal de Suez. Teherán mira claramente hacia el Canal de Suez como modelo. Egipto lleva décadas monetizando su posición estratégica cobrando peajes y aprovechando el paso de cables submarinos entre Europa y Asia. Irán quiere replicar parcialmente esa lógica, aunque aplicada a un entorno mucho más hostil y militarizado.
De hecho, los medios vinculados a la Guardia Revolucionaria ya hablan de licencias obligatorias, tasas de paso y derechos exclusivos para empresas iraníes encargadas del mantenimiento. Jurídicamente el escenario es complejo y muchos operadores probablemente ignoren las amenazas mientras existan sanciones estadounidenses, pero el simple hecho de que Irán esté planteando abiertamente esta idea demuestra cómo ha cambiado su visión estratégica sobre Ormuz.
El nuevo poder descubierto. En definitiva y como ya hemos visto con el crudo, lo verdaderamente importante no es si Irán logrará cobrar algún día dinero a las grandes tecnológicas occidentales, sino que ha descubierto una nueva forma de presión global.
Durante años, Teherán creyó que su mayor arma era el petróleo. Ahora ha entendido que el mundo depende todavía más de los flujos invisibles de datos que pasan bajo el mar. Esa es posiblemente la gran transformación geopolítica que revela en estos momentos Ormuz: un estrecho marítimo clásico se está convirtiendo también en un punto crítico para la economía digital global. Y eso significa que las futuras tensiones internacionales ya no girarán únicamente alrededor del control de la energía, que también, sino del control de la infraestructura que sostiene nada más y nada menos que internet.
Imagen | Nara, Wikimedia, Collinpetty
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La noticia
Ormuz le ha dado un poder inesperado a Irán: uno donde Google, Amazon y Microsoft pagan un peaje para que todos tengamos internet
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Xataka
por
Miguel Jorge
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Fuente: www.xataka.com






